Miercoles, 1 de Diciembre de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural…La Casona de la seda en calle El Molino, San Esteban …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Rastros precisos no existen, es más una leyenda que se transmite boca a boca. Podría ser también un mito urbano. Sin embargo, trataremos de internarnos en esta historia de las llamadas gusaneras de seda de los años 50.

Las leyendas sanestebinas indican que se trabajó una crianza de gusanos de seda en calle El Molino y que el dueño habría introducido a la comuna y donado los árboles de moreras, hospedero vital para la crianza. Definitivamente el misterio ha seguido de manera milenaria a esta especie, su magia fue protegida por miles de años en el imperio chino. Las sedas bajaban de los árboles y vestían reinos e imperios.

Hace miles de años en el norte de Asia y tal como ha ocurrido con muchas especies, una polilla silvestre fue domesticada y reproducida en condiciones semi controladas. Conocida como Bombyx mori, es de color blanquecina y llegó a convertirse en un icono de la industria china. Hoy es criada en numerosas partes del mundo, a pesar que ya en la década del 60, junto al invento de la fibra artificial, prácticamente se fue al suelo. Los hilos de seda que origina finas creaciones la mantienen en los mercados de excelencia. Se le atribuye a Xi-Ling-Shi, la princesa china su descubrimiento por allá en el 2600 A.C.

 

Ya la época de la pequeña industria del Molino está más clara los testigos de esas sedas deberían pisar los 90 abriles, eso dificulta aún más las certezas del mito. Varios contactos cercanos al sector confirman los rumores y asienten conocer quién tiene la verdad del tema.

Hasta el momento fue un “turco “que trajo un pie de cría desde Coquimbo, multiplicó las moreras en el sector y llevo a cabo el emprendimiento. La familia de Alejandro Opazo, entrega la información y con seguridad señala la dirección, gran casona de adobe que hace cruz entre calle El Molino y 26 de Diciembre. Cuando la princesa vio el capullo que por azar cayó en su tasa de té, desplegar los hilos de seda al remojarse, jamás imagino que esa imagen podría desarrollar su imperio.

Doña María Eugenia Villaseca ha dado señales claves de esta industria de San Esteban, con seguridad da direcciones y hasta un contacto con una persona que trabajó en el proyecto. Ya tenemos confirmación del lugar, más menos la época de los acontecimientos y el interés en ubicar a una persona que podría dar numerosos antecedentes del programa. Existe mucha impaciencia por este contacto, pues se podría recuperar una historia del valle de Aconcagua, que al parecer se ha perdido en el tiempo y se ha transformado en un mito del pueblo. Cada vez con mayor seguridad estamos ad portas de abrir la antigua casona de la seda, donde se multiplicaron las polillas que dieron poder y fama a un imperio.

Históricamente, el Ministerio de Agricultura de Chile ha sido muy estricto en el tema del ingreso de partidas de seres vivos, en este caso nos preguntamos cómo se pudieron ingresar los insectos, desde dónde y en qué condiciones de resguardo, para evitar que se convirtieran en plaga. Un tema que dificulta la real existencia de los gusanos de seda en San Esteban. Cuáles serían las influencias del turco en los años 40, para lograr su propósito. Todas interrogantes que contribuyen más al mito que a la real existencia de las ruecas hilando seda.

China, por miles de años, funcionó administrando el monopolio de la seda y estableció el “impuesto en natura”, es decir los capullos de los productores se transformaron en divisas, así de importante fue la seda en su imperio. Guardaron por miles de años un monopolio, un secreto, con un bien que tenía valor real. Mitos o secretos también ocurren en San Esteban con esta pupa algodonosa, pues después de haber pasado aproximadamente 70 años, los registros concretos brillan por su ausencia. Pasan los días y seguimos atentos al contacto que podría desentrañar los hilos de seda. Al parecer la leyenda china donde llegaban a aplicar la pena de muerte al que revelara el secreto de la seda se apodero de los criadores sanestebinos.

Desconocemos además la actividad del “turco”, pues manejar una especie en un clima desconocido es un tema difícil, no se sabía la biología. Habría que haber realizado ensayos que indicaran la cantidad de ciclos de la mariposilla para programar los rendimientos, número de operarios, árboles de moreras requeridos, época de crianza etc. Un tema que apasiona lleva de manera permanente a elaborar una serie de teorías, todas difíciles de llevar a cabo, especialmente hace 70 u 80 años. Un llamado telefónico y el contacto se encuentra en el sector, unos rápidos latidos, se paran los pelos y doña María Eugenia ya se encuentra en casa del testigo clave, dispuesto a abrir los gruesos y oxidados candados de la historia.

En 1950, una niña de 15 años llamada Alicia Morales cursaba sus estudios en la localidad, cercana a calle El Molino. Los requerimientos de la época llamaban a realizar una actividad laboral para ayudar en la casa. La señora Alicia recorre algo más de 70 años y revive los pasos de esa inquieta jovencita. Por la mañana el estudio y por la tarde una labor muy particular, la crianza de gusanos de seda. Se hace extremadamente difícil no interrumpirla y por ejemplo consultarle por el famoso turco y muchas otras cosas, pero la prudencia nos lleva a sólo mirar con emoción a la bella doña y recorrer juntos los secretos de los hilos.

Relata con extraordinaria precisión cada paso del proceso y de manera muy ordenada recuerda a don Erasmo Rojas, administrador del proyecto Corfo de la crianza de gusanos de seda en el Aconcagua, con tres sedes, El Molino, San Vicente y San Felipe. Con esa frase desaparecen muchas de las inquietudes que teníamos y respiramos completamente tranquilos al poder derribar el supuesto mito. Con un poco de tristeza recuerdo los rumores del turco y, sin más, consulto por su existencia. No podía fallar, estaba en el negocio, fue el que arrendó la propiedad para el proyecto.

El programa era dirigido desde Santiago. Durante la primavera traían los huevos del Bombix, se instalaban en una incubadora hasta su eclosión, luego se comenzaban a alimentar con hojas y cogollos de morera recolectadas por operarios varones. Ocho mujeres se dedicaban a la crianza, picando finamente las hojas, para que las pequeñas larvas fueran creciendo y aumentando su tamaño en unas 9.000 veces. Se manejaban en cajones de madera desde la primavera hasta el otoño.

La zona contaba con moreras, de hecho, fue una de las características que hizo elegir el sector. Sin embargo, con el desarrollo de la producción, hubo que plantar más hospederos, los que permanecen hasta hoy. Los ciclos terminaban en las pupas, capullos que, al recoger sus finos hilos, llegan cada una hasta los 1,2 kilómetros, obviamente calculado por la paciencia china. Finalmente, los capullos hinchados de seda iban directo a Santiago, donde pasaban por las ruecas para terminar con las madejas que eran exportadas.

Durante 10 años permaneció la experiencia, con doña Alicia como jefa de personal en El Molino, su paciencia se fortaleció en las inducciones y duró hasta el año 1960, cuando las fibras artificiales echaron por tierra las finas sedas naturales.

Hace un par de años mi amigo, el doctor Arturo Marín, me hablo con total seguridad de los gusanos de seda de San Esteban, cuando hace un par de semanas le consulto por el tema, luego de un carraspeo reconoce que al parecer es un mito de pueblo.

Doña María Eugenia Villaseca y Alicia Morales, dos mujeres de excepción, nos permiten derribar los rumores y poner en valor una experiencia casi ancestral, de esas que no se pueden perder ni mantener en secreto, aunque los emperadores chinos lo hallan ordenado por dos mil años.

Imposible terminar el relato sin agradecer a don Arturo Marín por el impulso de la investigación, a don Alejandro Opazo cuya familia conocía la historia, a doña María Eugenia Villaseca amiga de la protagonista Alicia Morales, quién retrocedió 70 años para correr el telón del proscenio de la seda en San Esteban y como no mencionar al querido turco, propietario de la casona, que estoica se sostiene aún, en las calles centrales del pueblo.

 

 


 
 
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