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Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… El campo y las tejas

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

 

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El campo de 1965 tenía una de las heridas más complejas de la historia en la zona central. El terremoto de la Ligua ocurrió al mediodía del 28 de marzo. Tenía por entonces solo cinco años, pero se mantienen en mi memoria las imágenes de las tejas corridas en esos campos de la costa de la región de Valparaíso. Unos esqueletos de varillas paralelas afirmaban algunas tejas quebradas, lo mismo que varios nidos de golondrinas con empolles tardíos de verano.

Esas grandes tejas fabricadas en los muslos de esclavos y sambos de la colonia, a lo menos tenían 150 años, la historia iba quedando en el pasado, las tierras rojas escondidas en Pomaire iban lentamente apareciendo, en una triste reconstrucción.

Esa casa de campo de la hacienda Las Palmas, la recuerdo en cada detalle, un corredor de colección con pilares azulinos y paredes de adobe con esa cálida cal, que se renovaba año a año. Unas macetas metálicas con tierras de quillay nutrían viejos manto de Eva, congonas, helechos y cardenales que con el tiempo iban saltando a las cercas del sitio.

El polvo difuminaba todo y en solo un par de minutos los muros se trizaban, las tejas se volvían tierra y un chicharreo de radio a pilas, informaba desgracias más graves, cómo la salida de relaves en la comuna de Nogales. Registros históricos del valle de Aconcagua indican severos daños en los campos de Llay Llay, San Felipe, Los Andes y Rinconada. Sin embargo, la salida del relave El Cobre de la mina Disputada de Las Condes, dejó el recuerdo más desolador, pues cientos de personas quedaron para siempre sepultadas en esas tierras minerales que con el correr de los días se solidificaron.

La pregunta respecto al origen de las tejas, esas que aún se sostienen en los campos del Aconcagua, vienen desde las civilizaciones ubicadas en los años dos mil antes de cristo. Alrededores del Tigris y Éufrates se inició el trabajo en barro, para reemplazar los techos de paja. De manera paralela los pueblos chinos también iniciaron la novedosa técnica. Debido a la impermeabilidad de su material, pasó a griegos y romanos, quienes los distribuyeron en todo el Mediterráneo. Se crearon para quedarse y las razones siempre han sido las mismas: funcionalidad, estética y belleza, acompañando a la humanidad a través de la historia.

Un icono de nuestra zona es la casona San Regis. Conversando hace un tiempo con Marcela Zenteno y Alexis Arribas una de las mayores gracias para sostener esa belleza de fines de 1700, ha sido el cambio y mantención de miles y miles de tejas, sin renunciar nunca al techo de origen. Los gruesos muros sostienen la historia, el rojo colonial su patrimonio, más sus entretechos en vigas de álamo, guarecen los viejos fantasmas que distinguen la construcción de Toro Mazote, haciéndola única, misteriosa y vigente.

Camino la calle La Florida de San Esteban. Los muros añosos casi se afirman con gruesos puntales de maderos, mas las tejas estoicas siguen al frente, lo mismo en los senderos de El Molino y Roma, es la herencia de 300 años. Las casas de hacienda de sector El Pedrero es otro ejemplo, ni hablar de Rinconada o la fachada del fundo La Capilla. Pero no sólo ocurre esto en las construcciones antiguas, miramos cuidadosamente los cientos de casas de la Hacienda Rinconada, ex fundo El Recreo y seguimos viendo las mismas techumbres.

Vuelvo una y otra vez a la década del 60, a la casa de campo de adobe y tejas hogares de golondrinas, pintadas de musgos y serenos nocturnos. Entro a las habitaciones con cerchas de álamo semitrabajado, ventanas con postigos afirmadas con aldaba o planchas de fierro. Las palmatorias y velas en cada velador, esa luz mágica que inventaba los sueños de niños y adultos al escuchar aullar los perros y el canto de los búhos. Paso por el cuarto de estar, sólo usado en fechas importantes y me quedo con el comedor aledaño a la cocina, una de leña, caldero, horno y brasero, donde se escuchaban los cuentos, se sentía la lluvia, el cariño, las risas y los sabores.

 


 
 
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