Primeros años de los 80, el ramo de zoología en la Universidad de Chile, proponía como requisito realizar un insectario. Ese trabajo se hacía durante el semestre y era fundamental para aprobar el examen final, cuya clave era conseguir recolectar algún ejemplar difícil y saber específicamente su habitad. Los entomólogos responsables del curso daban algunos lugares, sin ninguna seguridad de poder encontrarlos. La visita obligada era al Parque Ohiggins, pues ahí había insectarios y el conocimiento de donde poder realizar la recolección. Obviamente el matabuey era un personaje indispensable para ubicar.
Rápidamente avanzaba el semestre y llegaba mayo, hasta ese momento sólo con ejemplares comunes de los alrededores de Santiago. La descripción de la madre de la culebra, su biología, desarrollo extremadamente prolongado, daban por hecho el desafío, simplemente no era posible presentarse al examen sin el coleóptero.
Me vienen estos recuerdos cuando, hace un par de meses, visitando el Parque Tricao de Santo Domingo, vi a mi hija Valentina muy concentrada observando un tronco de matorral esclerófilo, por el que lentamente se desplazaba tronco arriba una hembra del matabuey.
Su hábitat es de hojarascas en bosques nativos entre Coquimbo y la Araucanía, incluso en la precordillera andina. En sus características está el dimorfismo sexual, y es tan evidente que es normal considerarlos como especies diferentes, pero la verdad que su vida romántica lleva al macho -más pequeño y de color marrón aterciopelado- a realizar vuelos un tanto torpes buscando la feromona de la hembra de color negra intensa y brillante sin alas, que llega hasta los doce centímetros y deambula entre troncos en descomposición.
Volviendo a los recuerdos, queríamos ir a la segura y preparábamos la mochila y carpa, junto a tres compañeros, destino al Parque Radal, séptima región.
Llegaba el viernes y en la estación central subíamos al bus que se dirigiría a la comuna de Molina. Agustin, el compañero naturalista ya había estudiado el lugar, las condiciones ecológicas, las especies de roble, raulí, ñirre y hualo. Cristian el deportista decidía el sendero, atravieso del río Claro y campamento. La alimentación, lo más importante, quedaba a cargo de Pancho y el suscrito. Muchas rutas para recorrer y descubrir, iniciando la aventura con toda la adrenalina juvenil, pues el río Claro lo atravesamos colgando junto a nuestras mochilas, pendidos de un grueso cable acerado. Caía la noche y el especial ambiente nocturno del bosque, se nos presentaba ante nuestros ojos.
El ciclo de vida es impactante, en estado adulto sólo vive alrededor de 40 días, los que ocupa en buscar al macho para fertilizar sus huevos. Entre octubre a noviembre podemos ver caminar la matabuey entre el bosque y si tenemos la suerte de verla al final del ciclo, observar el depósito de hasta 200 huevos en troncos ya en descomposición. Luego viene la etapa del milagro, su larva empieza a alimentarse de restos de maderas húmedas ayudando al reciclaje del suelo de los bosques, poniéndose cada día más fuerte, alcanzando 70 milímetros en unos siete años. Debido al porte descomunal de su larva totalmente desarrollada, es conocida como madre de la culebra, la verdadera rastrera de los bosques misteriosos.
Rápidamente caía la noche, esa de mayo, húmeda y fría, especialmente por la cercanía del río Claro. Dos carpas armadas en un “santiamén”, café y algo de malicia, ayudaban a calentar el cuerpo, mientras las luciérnagas y coleópteros de todos los colores, se presentaban como las dueñas de casa. La marcha se iniciaba, con algo de cansancio y modorra, lo que hacía recordar al estricto “Chaleco González”, nuestro distinguido profesor. Los troncos tirados en el suelo nos invitaban a buscar la gran larva blanca, pero sólo salían unos enormes grillos rojos brillantes, que parecían de mentira. Movían sus largas antenas y se perdían en la hojarasca, cómo burlándose de los inexpertos entomólogos.
Ha pasado el tiempo, en realidad muchos años, pero la aventura en los bosques de Molina nos ha quedado como algo imborrable. Con mucha dificultad el matabuey o madre de la culebra ha logrado esquivar los incendios forestales, las talas indiscriminadas, los bosques de pino y eucaliptus, insectarios, hasta políticas públicas y privadas. Sigue escondiéndose como larva gigante en los troncos terminales, migrando ante nuestros ojos sólo por cuarenta días, con un disimulado caminar. Su esfuerzo ha sido compensado, su origen nativo reconocido y finalmente el Ministerio de Agricultura ha decidido su cuidado.
ESPECIE PROTEGIDA, ENDÉMICA DE LOS BOSQUES DE CHILE …
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