Martes, 30 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

El sujeto ausente: la renuncia de nuestra voz y del pensamiento crítico en tiempos de IA

Por Dra. Steffanie Kloss, Investigadora Facultad de Educación y Humanidades UNAB.

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Desde hitos fundacionales como el Decreto Amunátegui de 1877, que abrió la universidad a las mujeres, hasta la conquista del sufragio universal en 1949, la historia de Chile ha sido una crónica de luchas por la agencia y el derecho a ser escuchadas. Movimientos como el Plebiscito Nacional de 1988, la Revolución Pingüina de 2006 y el Estallido Social de 2019 reforzaron esa tradición de resistencia y búsqueda de justicia social. Sin embargo, hoy enfrentamos una paradoja desconcertante: después de décadas peleando por conquistar una voz propia, en la era de la inteligencia artificial parecemos dispuestos a delegarla en algoritmos con tal de “ahorrar tiempo” y facilitar nuestra vida.

Esta renuncia no es menor. Da paso al fenómeno del “sujeto ausente”: una persona que, abrumada por la sobrecarga informativa, abdica de su responsabilidad de razonar y se convierte en una audiencia pasiva. Cuando permitimos que la tecnología dicte qué decir o cómo actuar, renunciamos a la capacidad de construir modelos mentales profundos y de elaborar juicios propios sobre el contexto, hoy es común escuchar “lo vi en TikTok”, “me apareció en un video de Instagram”, “me llegó por WhatsApp” cuando preguntamos cómo te enteraste de esta información que tanto defiendes.

La desinformación no ayuda a seres que no son capaces de cuestionar, que solo se quedan con el titular “nos van a expropiar la casa”, “nos van a quitar beneficios”, “la delincuencia está desatada”. Si a este fenómeno le sumamos la IAG, que altera videos, reproduce voces, inventa noticias, este escenario es aún más complejo. Conviene recordar que la IA no “piensa” como un ser humano. Su funcionamiento se basa en patrones de similitud estadística y señales superficiales, no en una comprensión conceptual ni en juicio crítico. Puede producir textos coherentes y convincentes, videos que parecen reales, pero eso no garantiza profundidad, solidez ni menos verdad.

Las investigaciones sobre desinformación son claras. Muchos ciudadanos tienden a otorgar alta credibilidad a contenidos difundidos en redes sociales cuando estos imitan formatos periodísticos tradicionales o apelan a las emociones, por lo que ese escenario favorece la creación de “realidades paralelas” capaces de influir en el comportamiento político y social.

Habitar este estado de pasividad cognitiva supone un riesgo directo para nuestra autonomía. Nos vuelve más vulnerables a la desinformación y al sesgo de confirmación, es decir, a aceptar acríticamente aquello que refuerza nuestras creencias previas. En ese contexto, el desafío urgente es recuperar una pedagogía y una ciudadanía que promuevan un uso intencionado, reflexivo y ético de la tecnología.

Delegar el juicio en la tecnología sin una actitud crítica nos expone a perder rigor intelectual. No podemos permitir que la IA sustituya nuestra capacidad de dudar, contrastar y evaluar. El periodismo de verificación y la alfabetización mediática son herramientas valiosas, pero el resguardo decisivo sigue siendo el fortalecimiento del pensamiento crítico.

En última instancia, recuperar al sujeto implica comprender que la calidad de la esfera pública es una responsabilidad cultural compartida. En un mundo donde los algoritmos procesan datos a velocidades asombrosas, la capacidad reflexiva del ser humano continúa siendo el único filtro capaz de asegurar que nuestra visión del mundo nazca de un razonamiento propio y no de un cálculo estadístico ajeno.

 

 

 


 
 
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