Viernes, 20 de Febrero de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Cactus del valle.

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Junto al colega Raúl Quiroz Galdames conocí, en la década de del noventa, las faldas de los cerros que van a las haciendas altas del cajón de San Francisco. Sin duda a mi llegada al valle no pude tener un mejor maestro en todas las ramas de la agronomía: flora, fauna, ganadería, fruticultura y esa especial relación con los agricultores andinos. La producción rural no tenía secretos para él, pues desde los primeros años de los sesenta ya recorría potreros y caminos. Testigo directo de la Cora y Reforma Agraria y creador de la primera oficina del Servicio Agrícola y Ganadero en Los Andes, por allá en 1968.

Recuerdo perfectamente que íbamos subiendo por el camino del costado, al otro lado del estero, frente al fundo San Francisco, en un viejo Land Rover color crema, cuando de repente me hace detener la marcha, pues había divisado a lo lejos una supuesta humareda de hornos de carbón. Aún no conocía su sentido del humor, una de sus máximas virtudes, además de la locuacidad. Le consulté respecto a la sospecha de la existencia de los hornos clandestinos y sin titubear dice que sintió el olor a espino, a ramas, quirincas y quintrales, pero ahí no se detuvo, me asegura haber heredado el olfato de los picunches.

Ya bien estacionados, buscamos una pasada entre espinas y alambrados, luego caminamos cerro arriba, al menos por un par de horas. Sin huella, ni menos sendero, rodeando grandes piedras y cactus espinosos en busca de las señales de humo. De una vitalidad a toda prueba recorría la falda y de vez en cuando conversaba sobre la caballada que relinchaba en el fundo San Francisco, de los Correa, pasando el estero. Me llamó bastante la atención los grandes cactus llenos de singulares flores blancas y uno que otro con quintrales rojos. Al más mínimo comentario vuelve rápidamente al pasado y me dice que fue la gran fuente de combustible de los ancestros y también utilizados como pilares en rudimentarias rucas, en el diálogo no entregó pruebas, mas tampoco me quedaron dudas.

Si bien el tema de la quema clandestina de carbón de espino era recurrente, su conocimiento de la flora era tan desarrollado, que me describía las principales especies por niveles de altura. Su imaginación llegaba fácilmente a las cumbres de la hacienda Canabina, una estepa de tinieblas y humedales, con leñosas matas de llaretas, bailahuén, incluso alstroemerias que se esconden para subsistir. La historia la termina con unos cisnes de cuello negro descansando de las migraciones, en tranquilas lagunas y guanacos haciendo tropillas preparando el cruce a la argentina.

Insisto en la presencia del cactus, emergían de todos lados en esas lomas líticas, tenían cuatro veces nuestra altura, sus flores asimilaban magnolios blancos, mientras una pareja de tencas desafiaba sus grandes espinas. El Trichocereus chiloensis definitivamente se empinaba en lomas asoleadas, como cancerberos de la historia, quizás recordando los primeros habitantes, esos que trajo Quiroz, a la conversación.   Empezamos a bajar y mientras nos seguían acompañando los quiscos y las mil aventuras del colega, el paisaje se hacía acompañar con chaguales, colliguay, espino, guayacán y algarrobo.

La serranía de media altura, donde quiera que vayas en Aconcagua, te muestra las espinas del tronco, esos surcos mucilaginosos que dan de beber, las flores que atrapan moscardones nativos y colibríes, la fortaleza que viene de migraciones de los antepasados y los postes de las primeras rucas. Así es el cactus, un día fuego, otro abrigo, también música, mas siempre vigía de las actividades rurales.

Si bien el tiempo ha pasado y los noventa y tantos años de Raúl ya se lo llevaron, no puedo olvidar su imagen, aventuras, pero especialmente las enseñanzas del territorio. Hace unas pocas semanas recordábamos en estas crónicas a Carolus Brown. Casualmente ellos eran de la misma generación en Agronomía de la Universidad Católica de Chile. Tampoco olvido que mis primeros pasos en el valle fueron en los piedemontes de San Esteban, quizás por ello lo elegimos como hogar, esa subida a la Canabina con la imagen de David Freifeld, también enriquece. El cajón de San Francisco con sus llaretas y cactus, sigue viviendo en la memoria junto al viejo Land Rover y Quiroz Galdames.

Trichocereus chiloensis, SU AMENAZA ES LA DESTRUCCION DEL HABITAT… INIA POSEE UN BANCO DE SEMILLAS DE DIFERENTES LUGARES.


 
 
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