En estas semanas de temporales se aludió en algunas ocasiones a las lluvias de 1997, uno de los 3 años más lluviosos del siglo XX. La magnitud de la catástrofe de este año incluye un número de personas fallecidas que no resulta fácil de determinar, en torno a una decena. También docenas de miles de afectados, miles de damnificados, cientos de casa inhabilitadas, por supuesto, carreteras cortadas y un etcétera tan largo como el que la corta memoria de Julio de 2026 puede retener.
Se puede decir que es una lluvia con retorno a 30 años. Chile es un país en el que este fenómeno se presenta periódicamente. Por ejemplo, pocas veces se han relacionado las lluvias e inundaciones de 1877 con la guerra de 1879 ¿tuvo alguna incidencia el empobrecimiento de Chile con el impulso expansionista hacia el norte? Se debe estudiar con atención. Pero no solo esas preguntas por el pasado son las que nos darán respuestas para el futuro.
Estamos en un momento de transformación que está trayendo no solo problemas nuevos sino problemas en una escala mayor. En 1958 Charles David Keeling graficó el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera (cosa que había pronosticado Svante August Arrhenius en 1896). Este es uno de los fundamentos principales para hablar de Cambio Climático. En efecto, la temperatura de la atmósfera de todo el planeta está subiendo por efecto de la acción humana.
Pero el problema no es tan solo eso. Hay un conjunto largo de efectos de la vida actual, que se incrementa con el uso intensivo de la electricidad y el aumento de consumo de energía, al que se le ha llamado Antropoceno: los cambios son mucho mayores y en mayor escala.
En Chile, no obstante, la respuesta a ese problema es la misma de siempre: dictar una ley. En este caso, la Ley 21.455 Marco de Cambio Climático, que instruye a las instituciones públicas a generar planes de adaptación al Cambio Climático. Pero ninguna institucionalidad cambia a una cultura, como es la cultura del descuido.
Los eventos de la naturaleza seguirán sus procesos habituales, la diferencia la hará una organización social en la que una cultura habituada a los lamentos cambie su lógica fragmentaria y organice sus instituciones y territorios para proteger a sus ciudadanos y ciudadanas. El siglo XXI deberá ser el tiempo de acabar con la vía chilena a la catástrofe.
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