Chile llevó varios días mirando el cielo. Las lluvias dejaron viviendas destruidas, caminos interrumpidos, escuelas afectadas y familias enfrentando nuevamente la incertidumbre. Pero existe otro temporal, mucho más silencioso, que avanza desde hace años sobre el país y del que hablamos demasiado poco. No inunda calles ni derriba puentes; erosiona lentamente nuestra capacidad de preparar a las nuevas generaciones para el mundo que ya llegó. Mientras la naturaleza cambia con una velocidad inédita, la educación sigue aferrada a un currículo que muchas veces continúa enseñando para un pasado que dejó de existir.
La visita de las autoridades del Ministerio de Educación a las comunidades afectadas por el sistema frontal fue un gesto necesario y esperable. Sin embargo, también dejó instalada una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos reaccionando cuando las transformaciones ya ocurrieron? El cambio climático dejó de ser una advertencia, al igual que la inteligencia artificial, la crisis de salud mental y las profundas transformaciones sociales. En educación, como frente a cada temporal, seguimos actuando cuando el agua ya entró a la sala de clases.
Quizás la mayor paradoja sea que la pandemia nos mostró un camino distinto. Nos obligó a reconocer que no todo el currículo era indispensable, que existían aprendizajes esenciales y que formar personas capaces de adaptarse, colaborar y enfrentar la incertidumbre era tan importante como transmitir conocimientos. Sin embargo, apenas recuperamos la normalidad, también recuperamos la obsesión por cubrir contenidos. Pareciera que olvidamos la lección más valiosa que nos dejó la mayor crisis educativa del último siglo: educar no consiste en enseñar más, sino en enseñar aquello que verdaderamente transforma la vida.
La UNESCO (2024) sostiene que los sistemas educativos deben preparar a las nuevas generaciones para la sostenibilidad, la resiliencia y la adaptación al cambio climático. El Marco de Sendai (UNDRR, 2015) insiste en que la educación constituye una de las herramientas más poderosas para reducir el riesgo de desastres. Chile conoce esa realidad mejor que muchos países. Lo paradójico es que seguimos formando estudiantes para responder pruebas, cuando el verdadero desafío es preparar ciudadanos capaces de comprender un mundo incierto, anticipar riesgos y transformar la realidad antes de que las crisis vuelvan a golpearnos.
Tal vez la próxima gran reforma educativa no deba comenzar preguntándose qué nuevos contenidos incorporar, sino recuperando una pregunta mucho más profunda: ¿para qué educamos? Chile necesita un currículo para la vida, donde el conocimiento deje de ser un fin en sí mismo y se convierta en la herramienta para desarrollar pensamiento crítico, resolver problemas complejos, actuar con responsabilidad, colaborar con otros y aprender durante toda la vida. Porque las lluvias seguirán cayendo y los cambios seguirán acelerándose. Lo único que realmente puede cambiar ese destino es una educación que deje de llegar después del temporal y tenga, por fin, el coraje de anticipar el futuro. Allí comienza el verdadero desarrollo de un país.
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