Viernes, 3 de Abril de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… De huellas y rieles: el día que cambió la travesía andina

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Se iniciaba el mes de abril de 1910, año del centenario de las repúblicas hermanas de Chile y Argentina, que uniría el tren trasandino, atravesando por vez primera el túnel La Cumbre. La familia andina de arrieros de apellido Figueroa seguía muy de cerca las noticias, pues llevaban treinta años y tal vez algunos más imaginando y cavilando con ese día inaugural. Doce mulas negras, tordillas y bayas, perfectamente aperadas se ponían en el carruaje anunciando a los cuatro vientos que sería el último viaje con destino a Mendoza.  Los seis pasajeros inscritos venían desde Valparaíso y si bien era por viaje de negocios, un hormigueo en el estómago los hacía comulgar con el histórico viaje.

Los siete cambios de clima, aquella noche de primero de abril, los hacía imaginar en qué estación se encontrarían con el ferrocarril que estaba por iniciar su ruta. Los bufidos de los mulares, en esa fría madrugada ponían en marcha la aventura, con el corazón apretado de Rumildo Figueroa, quien ya completaba 50 años de arriero. El portezuelo amarillo le daba la despedida a eso de las siete am, cuando los queltehues inician sus vuelos y avisos de lluvia. Unas bestias descansadas apuraban el paso, de manera de completar una primera etapa en Juncal alrededor de las cinco de la tarde. La ruta paralela a la línea férrea, hacía desvariar a viajeros y mulero.

El pueblo andino estaba totalmente diferente, hoteles, paradores y hosterías se completaban rápidamente, a la espera de ese cinco de abril, donde los silbatos del tren darían curso al inicio y fin de una epopeya. Obviamente Juan y Mateo Clark, tenían los primeros pasajes, seguidos por delegaciones técnicas e inversionistas de la Trasandine Construction Company, diplomáticos y representantes internacionales, ingenieros, técnicos, además de jefes de obra, quienes supervisaban el empalme final de la línea. Crónicas de la época describen la llegada de delegaciones oficiales, discursos, bandereadas, y el paso solemne del convoy.

La tarde caía muy fría en el refugio de Juncal, galpón de piedra con área común, un fuego central y tenues lumbres con lámparas de aceite. Un corral exterior cobijaba las recuas y cajones con alfalfa abrigaban su estómago. Dos carruajes provenientes de Mendoza, casi llenaban el refugio, con unos pocos catres y mantas sobre el suelo. El frío se colaba por la puerta, el ruido de las mulas se hacía sentir, la humedad permanecía en los ropones, factores que incrementaban la ansiedad por la llegada del tren, mientras Rumildo Figueroa cebaba ensimismado un puñado de yerba mate con azúcar quemada. El cara y sello de una época andina, desarrollo y fin de trescientos años de las rutas de herraduras.

Las crónicas difieren respecto al primer viaje del tren, relatos argentinos lo indican saliendo desde la antigua estación de Belgrano y Sargento Cabral, para ir subiendo lentamente la increíble cordillera, alcanzando las emblemáticas estaciones: Paso de los Andes; Blanco Encalada; Cacheuta; Potrerillos; Guido; Uspallata; Río Blanco; Polvaredas; Punta de Vacas; Puente del Inca; Cuevas y Túnel La Cumbre. Antecedentes históricos más la presencia de embajadores y cónsules de países vecinos y europeos interesados en la ingeniería y comercio, llevan a afirmar que el primer viaje, ese 5 de abril de 1910, se originó en nuestra estación andina. Emoción y vítores acompañaban el inicio de la ruta, mientras pañuelos blancos se hacían presente en cada estación: San Pablo; Salto del Soldado; Río Blanco; Guardia Vieja; Hermanos Clark; Portillo y Caracoles.

En la subida al Cristo Redentor se retrasaba el viaje del carruaje, una escarchilla tupida había entumecido las bestias y apenas llegaban en la segunda jornada al refugio de Las Cuevas. Recién a mediodía del tercer trecho se pudo iniciar el recorrido para alcanzar Puente de Inca, donde se reponían fuerzas mediante guisos, pan, charqui y cuchareos de sopa. Finalmente, fueron siete días de camino, encontrándose al quinto día, un cinco de abril de 1910, con el imponente trasandino, por allá en la estación de Blanco Encalada, sector Chacras de Coria. Rumildo quiso conocer esos vagones y recorrió los elegantes carros en la localidad de Belgrano, antes de emprender el último regreso.

Fue el retorno más pesaroso, de hecho, volvió solo, sin querer esperar pasajeros, de esos gauchos que aún no daban crédito a la modernidad. Las ruedas del carruaje casi ni sonaban, logrando una velocidad regular que los trajo en un par de días a Uspallata. La melancolía no lo abandonaba y la tierra de los mulares de montaña, pensó en venderlos, pero algo lo detuvo. El último viaje lo atormentaba entre el polvo de los caminos, el sonido nuevo del trasandino, la crianza en los cerros de Ranchillo, las huellas de las piaras, la herencia y razón de ser del apellido Figueroa. Así terminaba una época y se iniciaba otra.

Nota: Crónicas sepias y ajadas indican que los viajes en carreta, aunque muy disminuidos, permanecieron de manera paralela al transandino, incluso hasta la década del 40, y el apellido Figueroa aún sigue vinculado a la arriería del valle y alta cordillera.

El próximo 5 de abril de 2026, se cumplirán 116 años del primer viaje del trasandino, uniendo en tan solo 10 horas las ciudades de Los Andes y Mendoza.


 
 
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