Se aproxima un nuevo cambio: con la llegada del horario de invierno, los relojes se retrasarán una hora. Aunque a simple vista parece un ajuste menor, el organismo no siempre lo experimenta de la misma forma.
Nuestro cuerpo funciona con un ritmo interno que regula el sueño, la energía y múltiples procesos biológicos. Cuando ese reloj se modifica, aunque sea en una hora, puede generar desajustes temporales. Es habitual sentir somnolencia en horarios poco habituales, dificultad para dormir o una leve baja en la concentración durante los días siguientes.
A diferencia del horario de verano, este cambio suele ser más fácil de sobrellevar. Aun así, no es automático. El organismo necesita algunos días para adaptarse, y ciertos hábitos pueden hacer esa transición mucho más amable.
Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse es clave. Aprovechar la luz natural durante la mañana también ayuda a ordenar el reloj interno. En la noche, en cambio, conviene bajar la intensidad: menos pantallas —lo que puede ser un desafío en niños y jóvenes—, menos luz artificial y un entorno que invite al descanso.
La alimentación liviana en la noche y la actividad física regular también aportan a un mejor dormir. Solo hay que evitar ejercitarse justo antes de acostarse, para no activar el cuerpo cuando debería empezar a relajarse.
El cambio de hora puede parecer menor, pero escuchar al cuerpo en esos días marca la diferencia. Ajustar las rutinas con cierta flexibilidad permite una mejor adaptación y evita que este pequeño movimiento del reloj se traduzca en varios días de cansancio acumulado. Porque, aunque el reloj se atrase una hora, el cuerpo no lo hace al mismo ritmo.
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