En Chile hablamos de emergencia con naturalidad. Climática, habitacional, hídrica, social. La palabra se repite con frecuencia, pero, pese a utilizarla una y otra vez, seguimos sin estar realmente preparados para enfrentarla ni para convertir esa conciencia de urgencia en una oportunidad de transformación.
Febrero se ha convertido en un recordatorio incómodo. Hace dieciséis años fue el 27F. En temporadas recientes, incendios devastadores en Valparaíso, Maule y Biobío han vuelto a exhibir nuestra fragilidad territorial. Cada evento provoca conmoción, despliegue institucional y nuevas promesas de aprendizaje. Pero la pregunta persiste: ¿cuánto de lo que aprendimos en emergencias anteriores está realmente incorporado en la forma en que hoy planificamos nuestras ciudades?
Es cierto que hubo avances. Mejoraron las alertas, se redujeron los tiempos de reacción, se fortalecieron las normas sísmicas y se creó una nueva institucionalidad. La ciudadanía internalizó el riesgo con notable rapidez. Sin embargo, la planificación territorial no evolucionó al mismo ritmo. Seguimos construyendo en zonas expuestas, expandiendo ciudades hacia áreas inflamables y ocupando quebradas vulnerables. Hemos aprendido a reaccionar, pero no a prevenir estructuralmente.
Aquí es donde conviene mirar el problema de otra manera. El filósofo Edgar Morin ha descrito nuestra época como una “policrisis”: crisis que no ocurren aisladas, sino entrelazadas. Lo climático, lo social, lo económico y lo territorial se potencian mutuamente. En términos de gestión del riesgo, esto significa algo concreto: el desastre no es solo el evento —el incendio, el terremoto o la inundación— sino la acumulación previa de decisiones que aumentan la exposición y la vulnerabilidad.
Cuando el urbanismo ignora esa interdependencia, la urgencia se vuelve permanente. No basta con enviar alertas a los celulares si seguimos construyendo en zonas de alto riesgo; no basta con reconstruir rápido si volvemos a instalar a las familias en territorios frágiles; no basta con declarar emergencia si la prevención sigue siendo secundaria en la planificación. La crisis no es solo natural, sino también territorial.
Chile sabe convivir con terremotos, pero los incendios más intensos y las lluvias concentradas muestran que los eventos extremos serán cada vez más frecuentes. No estamos frente a anomalías aisladas, sino ante una realidad que exige adaptación permanente.
Vivir en emergencia no debería significar vivir con miedo, sino saber a qué atenernos. El verdadero cambio de paradigma no es sólo reaccionar mejor cuando ocurre el desastre, sino reducir previamente la vulnerabilidad. Es planificar considerando el riesgo como parte estructural del territorio y entender que la prevención no es gasto, sino inversión.
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