La explosión registrada este martes en Renca, más allá del daño estructural y de las víctimas fatales, expone riesgos menos visibles asociados a los efectos químicos y tóxicos que se generan tras una detonación de gas. La liberación de gases, vapores y partículas puede afectar de manera directa la salud humana, incluso después de controlado el incendio.
La inhalación de humo puede irritar severamente las vías respiratorias, provocar broncoespasmos y dificultar la respiración. Algunos gases desplazan el oxígeno del aire, lo que genera mareos, náuseas o pérdida de conciencia. A ello se suma el monóxido de carbono, frecuente en explosiones e incendios, que impide que el oxígeno llegue a órganos vitales y puede causar desde dolor de cabeza y confusión hasta daño neurológico grave en casos más severos.
También se observa irritación ocular y cutánea producto de vapores calientes y contaminantes, junto con un riesgo menos inmediato, pero relevante: la exposición prolongada a compuestos derivados de combustibles puede favorecer el desarrollo de enfermedades respiratorias crónicas y otros daños sistémicos. Son efectos que rara vez aparecen en el balance inicial del desastre, pero que pueden manifestarse semanas o incluso años después.
Frente a estos escenarios, evacuar cuando se indica, evitar la exposición al humo, cerrar puertas y ventanas en zonas cercanas y reconocer los síntomas de intoxicación resulta determinante. Estos siniestros no solo plantean desafíos en materia de infraestructura o seguridad industrial; también obligan a considerar sus efectos colaterales en la salud de las personas, que suelen quedar fuera del foco inmediato.
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