Sabado, 16 de Mayo de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… El Cardonal …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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San Vicente de Calle Larga siempre ha guardado secretos que sólo conocen los oriundos, esos que desde pequeños cabalgaron los rastros del Arunco. Si bien los caminos ya han pasado con el tiempo desde simples senderos a huellas de carretas y luego para vehículos de trocha ancha, sigue habiendo sectores que envueltos en la leyenda, sólo se alcanzan con la sabiduría del tiempo.

Don Francisco, sin darme detalles de cómo llegar al sector “El Cardonal”, comenta que su camioneta accede hasta cierto lugar y desde ahí en adelante es necesario un fuerte trekking para comenzar a divisar un relicto ancestral de miles de chaguales.

Necesito más detalles de ese trayecto cansador, brumoso en invierno y claro como el sol en jornadas de verano. Lo pedregoso es lo común, lo mismo que la flora xerófita. Se me apura hasta el destino final, sin embargo, lo detengo en cada vuelta y subida del relato.

De a poco va describiendo las matas del campo y es ahí donde descubro el naturalista que don Pancho lleva adentro. Entre cernícalos, peucos y águilas va describiendo los espinos, quillayes, uno que otro algarrobo, huingán, palhuén y colliguay. De pronto se pasa a una conversación con su padre Luis, quien en cierta oportunidad se encontró frente a frente con un gran puma, el cazador de potrillos.

Historias van y vienen, es como estar escuchando un ser errante, de esos antiguos que caminaron los campos del país en busca de su destino. Nuevamente toma el sendero hacia “El Cardonal”, pero ya ha comprendido la dinámica y se detiene en los pequeños montículos del cururo, ese roedor que rara vez vio, mas si lo presintió. En lo alto del cielo observa un blanco bailarín, justo antes de solazarse en la sombra de un sauce amargo, que elongaba sus raíces hacia una delgada aguada de la quebrada. Maitenes, guayacanes y serenos, lo entretenían en la dirección de las puyas, el destino que le quitaba el sueño y las ganas de cosecha.

Nuevamente se apresura, sin embargo, a lo lejos escucha el aullido de los baguales, canes asilvestrados que ya han formado un sin número de jaurías, en toda la zona de la Comunidad de Los Rosales.  Cimarrones que han desplazado los zorros y desequilibrado la delgada línea de una ecología natural. Hace una pausa, cómo buscando la solución, pero sigue tropezando con las piedras, esas mismas que utilizaron nuestros antepasados, al perfilarlas como útiles herramientas. Alacranes, quiques, roedores de montes y un lastimero canto lejano de tres loicas, acompañan el caminar sudoroso de Pancho, quien ensimismado ha dejado a cierta distancia a su familia que lo acompaña.

Los arrieros del sector han utilizado la quebrada de Arunco y sus alrededores por siempre como invernada de ganado vacuno y caballares. Los jinetes saliendo antes del alba desde el Pedrero van en busca de la media falda, miran la gigantesca Piedra del Molino y recuerdan los mágicos momentos de niño, al escuchar los cuentos demoniacos a la luz de la luna. Alcanzan el amanecer en la Veguita, donde calientan el agua, para preparar la choca de la mañana, previo al grito monótono y ladrido de los pichos, que lograrán sacar el ganado de ese cajón que limita con las puyas de don Pancho. A eso de mediodía el arreo ya va encaminado hacia Los Rosales, para hacer las cuentas en los corrales y tratamientos veterinarios.

En la década de los sesenta era común que los vaqueros se comunicaran a lo lejos, de un cerro a otro, haciendo fuego con los cardones, pues estos poseen un aceite que hace de combustible. La respuesta no se hacía esperar, comunicando hallazgos de animales muertos, vacas paridas, cercos rotos, entradas de animales de otros predios.

En realidad, no eran mágicas las señales de humo, sólo llamaban la atención del receptor, para luego a través de desgarradores gritos camperos, describir lo sucedido. El camino de don Pancho entra en la última etapa, su concentración está en realizar una buena faena y de manera sustentable cosechar algunos frutos para esas tradicionales ensaladas del mítico chagual.

Al fin ha llegado a las laderas de la precordillera del Arunco, los pedregales de Calle Larga interior, los mitos de las señales de humo, al hábitat de la mariposa del Chagual y su condición de “amenazada” en su estatus ecológico, al producto gourmet que don Pancho tanto anhelaba.

Quizás es bueno que se mantenga en el misterio, la ubicación del “Cardonal “, pues dicha planta nativa ha sido protegida y normada su extracción por la Ley de Bosques, debido a la disminución de las poblaciones por la siega poco sustentable, largas sequías, reemplazo de su emplazamiento en laderas por plantas de paltos e incendios forestales.

Los asentamientos picunches y posteriormente incas en nuestro valle de Aconcagua, consideraban al chagual con un significado cultural y ecológico, era una planta venerada por ser un símbolo de resistencia al ambiente seco y sus flores portadoras de mensajes divinos. Francisco muestra su destreza en la recolección de su fruto dulce y fibroso, y sigue guardando el misterio de su ubicación, tal como lo hicieron los antepasados, quienes elaboraban cordeles para enyugar las yuntas de bueyes y cuidadosamente extraían la goma de los pedúnculos florales para tratar fiebres y disenterías. Secretos de nuestra flora nativa, guardados desde nuestros primeros tiempos en las estribaciones andinas.


 
 
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