Viernes, 7 de Octubre de 2022  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Una rara naturaleza

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

 

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Una historia que no se sabe cuándo comienza, pero al menos y gracias al Abate Molina existe certeza que una rara ave ya volaba, a fines del siglo XVIII, en los campos de la zona central de Chile. Esta situación ya es muy importante y nos da la seguridad que no viene de otras latitudes, como sí lo hicieron numerosas aves cantoras que comúnmente podemos observar en la actualidad. El jesuita nacido en la Hacienda Huara Culén de Villa Alegre, Linares, desde pequeño sintió su canto, fácilmente reconocible como r-r-r-r-a-ra-raah.

El tartamudeo de su trino puso en alerta al agrónomo Juan Carlos Márquez, miembro de Unorch (Unión de Ornitólogos de Chile), quien, si bien estaba atento al ave sietecolores, no podía dejar pasar la oportunidad de captar al macho Rara, quién instalado en un arbusto nativo se anunciaba con mucha personalidad. Nos relata que en sus salidas hay de dulce y agraz, en esa oportunidad se trabó el enfoque del lente y hasta ahí quedó el trabajo fotográfico. Mas el bird watching, continuo en la preciosa laguna El Peral de Las Cruces, San Antonio.

Los documentos del Abate Molina vienen desde 1782, con descripción de múltiples aves y flora. Estos doscientos cuarenta años de historia ha posicionado a la Rara desde Atacama hasta Magallanes. Sin embargo, no puedo olvidar que en la segunda mitad del siglo pasado y siendo un niño, vi pasar en un vuelo entrecortado dicha ave en los campos costeros, confundiéndola con una loica. Mi amigo Juan Hugo Garrido, de sólo diez años por entonces, me sacó del error y al igual que el Abate Molina, podía enseñarme absolutamente toda la avifauna del lugar. Chercanes, colilargas, cachuditos, plastas, raras, tencas y cernícalos eran en una rápida mirada su libro abierto.

Al igual que la mayoría de las aves, posee un marcado dimorfismo sexual y como sabemos es para que la hembra pase más desapercibida en su labor del empolle, pudiendo mimetizarse de mejor forma. El macho orgullosamente muestra un diferenciado tono rufo (ladrillado) en el pecho y corona. Sus alas negras con bandas blancas lo terminan por contrastar con la hembra, quién mantiene un gris apagado. Muchas veces en los nidos se reconoce a la hembra mediante sus huevos verde azulados, como la gallina mapuche y puntos negros en el polo obtuso.

En San Vicente, Las Bandurrias o Ranchillo, con un poco de suerte, pueden observarse, y ahora en la primavera suelen iniciar postura en octubre hasta completar dos a cuatro huevos, en unos nidos bastante especiales que depositan en la base abierta de la rama. Además, puede darse una segunda nidada en el mes de enero. Si bien a las Raras se les llama también, cade, cari o cantri, se les conoce como los corta ramas, las que usan para construir sus nidos, con fibras de raíces y ramas gruesas en la parte exterior y ramas más finas en su interior.

Las ventajas de nacer en el campo y que la naturaleza brote en cada uno de tus poros, hizo que el Abate Molina, independiente de su inclinación religiosa, a los quince años ya fuera un naturalista formado y a los veinte un catedrático. Mi amigo Juan Hugo finalmente tomó otro camino, sin embargo, emociona rememorar sus charlas que al igual que plegarias y sin repetir ni equivocarse contaba sobre pitíos, ufemias, canasteros, diucones, bailarines, chirigües, cornisas, perdices, cuculíes, guairavos, golondrinas de la virgen, pequenes etc. Tampoco olvidaba el tue tue, como volador nocturno.

Dicen que para ser de Unorch, hay que ser aventurero y riguroso, obviamente un apasionado de su cámara fotográfica, de sus registros en formato RAW y JPG, además de ser hábil en incorporar a toda la familia en sus caminatas. Es fácil conversar sobre la Rara con Juan Carlos, disfrutar de sus pesquisas, particularidades, además de abrirse al ilimitado mundo en que nos hace volar con imágenes inéditas de águilas, traros, tucúqueres, chunchos, pequenes, becacinas, churrín del sur, gaviota andina, chirihue azafrán, martín pescador, vari minero, dormilona fraile, pato jargual y tantas otras.

Una rara visión se viene a la mente en sueños de fines de invierno al ver estos tres personajes juntos en un lúgubre clandestino, ubicado en la localidad del Turco, cercano a Leyda, provincia de San Antonio. El cantinero de boina gacha y mangas dobladas, sin preguntar, sirve dos tazas de té verde y una de té rojo, sólo la última con tres cuartos de aguardiente. Un tema que lleva doscientos cuarenta años sin discusión, una Rara sin mayor biología ni estudios poblacionales alega el Abate, que está desapareciendo asegura Juan Hugo, que sólo es inadecuadamente conocida argumenta Márquez, con una pequeña carraspera de noventa y seis grados.

Otra rara coincidencia se aprecia en los tres Juanes de esta historia, Juan Ignacio Molina, Juan Hugo Garrido y Juan Carlos Márquez. Quizás un significado bíblico los ha unido en torno a la Rara, mas me queda la duda, pues al terminar el sueño del clandestino costero, el Abate vuelve a su claustro de estudio y silencio. Juan Hugo a su campo querido y Juan Carlos exprofesamente atraviesa a la vereda del frente, al pasar por un centenario monasterio. Definitivamente la acepción de Juan como “el hombre fiel a Dios”, posee un libre albedrio.

Nota: Crónicas de pueblo agradece a Juan Carlos Márquez su registro fotográfico y conocimiento en el tema, y a Juan Hugo Garrido por sus interminables conversaciones de campo . Además, ha sido muy grato descubrir la inmensa capacidad de Juan Ignacio Molina, increíble naturalista chileno del siglo XVIII.

 

 

 

 


 
 
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