Miercoles, 1 de Diciembre de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Generaciones en puentes colgantes de Polcura …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Conocido es que los incas caminaron el Aconcagua, miraron los acantilados y pensaron en los pucarás, pero no solo eso, seguramente quisieron dominar nuestro río y atravesar los puentes colgantes que fueron su especialidad. En sus tierras dejaron la impronta y aún se tejen con fibras naturales, puentes de extraordinaria resistencia y belleza. Una muestra de su obra no la tenemos, mas huellas con cables acerados existen a lo largo del río y uno de ellos lo encontramos en el sector de Polcura, donde con sus propias manos lo levantó don Bernardo Jara Vásquez.

Nos adentramos en su puente colgante y con sorpresa podemos descubrir un hilo de la historia de nuestro territorio, don Bernardo lo tiene muy claro y como pocos puede describir 150 años de vida, desde sus abuelos hasta los nietos. Los tatarabuelos de Rodrigo y Javiera a fines del 1800 trabajaban la tierra a los pies de los cerros de Los Rosales, luego sus hijos y nietos fueron migrando por Los Espinos, Los Loros, Río Colorado, Los Quilos hasta Polcura. Un sólo gran sector y siempre vinculados a la corriente que baja desde la cumbre y le da vida al valle.

Año 1974 y ubicado en un rincón de Polcura del otro lado del río, junto a su esposa Inalvia Jirón, sólo tuvieron como solución idear un puente que los comunicara con el camino internacional, única vía de acceso a Los Andes y villorrios cercanos. Si bien había claridad que idealmente debía ser un puente colgante anclado en cada talud del río, los recursos y la ingeniería no eran suficiente, de manera que con materiales de roble y fierro reciclados de ferrocarriles que pasaba detrás de la casa, sé fijaron dos torres, una a cada lado de la orilla y se unieron con cables de acero, que fueron sosteniendo un sendero con maderas, con la suficiente elasticidad, para resistir un determinado peso y los temporales de viento.

Inevitablemente al mirar las aguas del río, recuerda historias de sus abuelos Augusto y Vicenta, a quien escuchaba con verdadera pasión en las noches de campo a vela en Los Rosales. Familia campesina y de a caballo, verdaderos colonizadores y descubridores de los secretos andinos. Describía en detalle las altas cumbres y múltiples afluentes del río. De chico se imaginaba como el viejo, junto a otros arrieros de manera mágica galopaba lomas y cordones de cerros, absorbiendo el conocimiento de Alto Los Leones y cerro Juncal. Entre glaciares, quebradas y afluentes dibujaba en el aire como se formaba el Blanco, Juncal, Colorado y Aconcagua.

En los años 30 el abuelo Augusto y familiares se dedicaban a la crianza de machos, con los cuales subían a los pasajeros al Cristo Redentor, los que no viajaban en tren. Especialmente en tiempos de mal clima, eran una gran alternativa a carretas o vehículos. Había trechos del camino tan resbaladizos que hasta los machos no eran confiables, en ese caso los ágiles jinetes subían a sus espaldas a las mujeres para pasar el lugar de la emergencia. Historias únicas desclasificadas por don Bernardo, conocidas de manera directa a través de su querido abuelo.

En la década del 80, numerosos eventos de aluviones, vientos y nevazones hicieron que el viejo puente se fuera en gran parte con el río, de manera que hubo que levantarlo por segunda vez. Don Bernardo y doña Inalvia acarreaban nuevamente viejos materiales para levantar las torres, sendero, cables acerados y barandas. Verónica y sus otros dos hermanos, participaron activamente en las ideas de cómo mejorar los niveles y tensión de los cables.

Su vida de cordillerano, heredada de los antepasados lo hizo estar ligado a la crianza de vacas y caballos. Su sello característico fue llegar a tener 18 caballos pintos, únicos en la zona. Si bien su trabajo era otro, la sangre campesina disfrutaba de las veranadas y rodeos de precordillera en río Colorado. Haciendo collera con Emiliano Saldívar, durante años se prepararon en la medialuna “Las zorras” de Los Chacayes. Estuvieron al aguaite en otra de Río Colorado más al interior llamada “El Hoyo “y finalmente lograron el champion en la “Casa de Piedra “, única medialuna que subsiste hasta nuestros días.

Sus relatos son muy entusiastas, pero baja el tono al recordar el aluvión del año 95, el mismo que se llevo el puente Los Azules y el camino aledaño a Río Blanco. Por segunda vez desaparecía su puente colgante, mas las ganas y necesidad de levantarlo por tercera vez no cejaban. La diferencia fue que ahora la Municipalidad de Los Andes puso los materiales y por vez primera en Polcura se construía el puente colgante con materiales nuevos y adecuados, haciéndose las torres arriba en los taludes, puente que perdura hasta la fecha.

Sólo se detiene en el tema de los puentes, lo justo y necesario y nuevamente va a los tiempos pasados de los padres (Manuel y Rebeca) y abuelos, cuando los mitos, leyendas y misterios corrían en lo que cuenta el viento en todos los rincones del campo. Pactos con el amigo (diablo), forajidos despiadados, juegos de naipes, culebrones con pelos y calchonas asolaban las tertulias nocturnas, derretían las blancas velas envueltas en papel azulino, hacían crujir los tejados, aullar en cadena los chocos, descubrir los entierros de oro y sentir en la espalda una mano poderosa e inquietante.

A sus 75 años, puede escribir cinco libros, en detalle recuerda su vida laboral en la Planta Los Quilos (Colbún), donde trabajó desde el año 1974 hasta jubilar, mas impresiona su memoria de los antepasados, con respeto a lo que hicieron padres y abuelos. Don Bernardo es ese señor que soportó con su familia los inviernos mas crudos, despertó cada noche con el traqueteo del Transandino, caminó el vaivén de sus puentes y como buen campesino es de esos que cuando quieren no dejan rastro.

Agradecimientos sentidos a su hija Verónica Jara Jirón y a don Bernardo Jara Vásquez, quiénes nos han permitido sentir la historia andina y aunque se haya esmerado en pasar sin ser protagonista, sin duda el agua del Aconcagua no ha borrado su huella y si el destino lo determina así, con seguridad podría levantar un cuarto colgante de Polcura (las tierras amarillas de los Picunches).

 

 

 

 


 
 
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