Miercoles, 1 de Diciembre de 2021  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Las ovejas borrachas …

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero.

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Los campos andinos de la primera mitad del 1900 mostraban los corrales, silos y praderas. Los senderos del huaso de a caballo atravesaba los lomajes y se perdía en el paso de las quebradas, donde abrevaba sus bestias. Grandes extensiones de terrenos se vestían con los cultivos que aseguraban los granos, como los trigos candeales, harineros o semoleros. Las carretas se mostraban bajo grandes aleros, listas para salir con las yuntas de overos.

El fundo La Colonia cortado por el camino de Tocornal, iniciaba la segunda mitad de siglo y orgullosamente emplazaba el sector de las casas del fundo. Estas casonas se caracterizaban por hermosas galerías que daban al imponente portón de fierro forjado. En frente, el gran galpón rojo donde colgaban miles de tejas artesanales, soportadas por gruesas vigas de álamo. Adyacente,  con cierta timidez, comenzaba a crecer una gran corrida de palmeras. Una hilera de casas blancas para los campesinos marcaba la diferencia con las haciendas vecinas.

Don Raúl Herrera y su característica pala al hombro recorría diferentes cultivos. No era extraño abrir la compuerta a las 4 AM, para regar las cuadras de siembras, en especial los verdes cogollos de cáñamo que conformaba la estrata herbácea industrial por excelencia en los campos andinos de la época. La industria textil se expandía gracias a los cultivos de Aconcagua, El Sila (Sociedad industrial de Los Andes) multiplicaba los operarios y Los Andes competía entre su condición aduanera y cañamera.

Una majada de 150 ovejas de raza merino se manejaba en el campo, las esquilas se enfardaban y se enviaban a las hilanderías de la capital, pero lo importante eran las celebraciones campesinas que se ofrecían al termino de las faenas. La alimentación iba rotando en los rastrojos de alfalfas, trigos, avenas, centenos y cáñamos. Don Raúl se inquietaba de sobremanera al ver el rebaño deambular en diferentes direcciones, incluso sin respuesta a su condición social, aisladas caminaban luego de ser forrajeadas con cañas de los cogollos. Alguien comentaba de la fuerza de misia Magdalena, al culparla de un mal de ojo.

Don Raúl recitaba a los inquilinos nuevos, lo que sus patrones le habían enseñado respecto a la importancia del cáñamo. La llegada de los españoles por mar, equipó sus barcos con jarcias y velas de cáñamo, sus vestimentas de guerreros también. Mas temprano que tarde trajeron las semillas que esparcieron en los fértiles valles centrales, donde muy pronto se dieron cuenta que Aconcagua daba los mejores rendimientos jamás vistos, ni siquiera en sus tierras de origen, debido a sus condiciones atmosféricas y geográficas.

Técnicos pecuarios que recorrían los campos, recomendaban utilizar rastrojos de otras especies, a pesar que las opiniones se dividían respecto a la borrachera de las borregas. Los carneros ávidos de las praderas de fines de verano, eran los más mareados en esa jornada de visita de doña Magdalena. Una vez cosechada la fibra y semilla, los potreros eran abiertos para el pastoreo de esa biomasa. Juanito hijo de don Raúl, miraba con curiosidad como los borregos arrasaban los restos de cultivo y por esa vez, podían seguir balando y caminando sin perder la orientación. Definitivamente parecía ser que el mal de ojo era la causa.

José Bengoa en su libro “Historia social de la agricultura chilena“, describe como los campos aceptaron el cultivo de cáñamo y que ya en el año 1645 se exportaban a España cerca de 27.300 quintales, alcanzando un clímax de producción. Estudios realizados en Londres, en años posteriores, comparaban nuestro cultivo con los padres del cáñamo los rusos y españoles, descubridores de los usos medicinales y artesanales. Definitivamente aceptaban que la calidad de las fibras cultivadas en el Aconcagua, desde Quillota a la precordillera andina era la mejor del mundo.

El rebaño de 140 madres y 10 carneros seguía creciendo. Había que aprovechar los rastrojos y en mayo del año 1955, 180 nuevas crías, considerando las mellizas, se incorporaban al rebaño. Un invierno crudo, mas los cuidados de los inquilinos al guarecerlos en el gran galpón rojo, hacían que los balidos de primavera se escucharan fuerte y retumbaran en el sector Las Cadenas. Las esquilas de diciembre seguían aumentando y eran buenos los tiempos con las milongas de fin de año. El mameluco de don Raúl guardaba la suarda de las lanas durante la esquila, que doña Custodia con paciencia des muraba, nada que el jabón gringo no pudiera solucionar.

Estudios australianos de hace algunos años, finalmente dejaron descansar en paz a misia Magdalena, pues al analizarlo como alternativa forrajera para los rumiantes, lo da como opción a fines de primavera a principios del verano, pero bajo condiciones bien especiales y restrictivas. Efectivamente los contenidos de THC (tetrahidrocannabinol), son considerados como contaminantes desde el punto de vista legal y despeja la inexistencia del mentado mal de ojo, en las inolvidables borracheras ovinas del fundo La Colonia, provocadas por el alucinógeno.

Se han marchado las fibras de un cultivo ancestral, pocas son las majadas que suben en las veranadas andinas. Muchos cambios en los últimos 50 años, mas el recuerdo de los padres de esa actividad campestre pasada, nunca la deberemos olvidar. Estas líneas son un homenaje a don Raúl Herrera Ibaceta, quien nos dejó un 29 de octubre del 1994. Su recuerdo está en los cultivos del 1900,en los maíces, garbanzos y porotos, pero sobre todo en las especializadas labores del cáñamo, donde entre riegos y cosechas demostró la herencia de los 400 años de historia.

 

 

 

 


 
 
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