El cierre prolongado de Los Libertadores vuelve a dejar en evidencia la fragilidad del comercio terrestre entre Chile y Argentina. Sin embargo, hay un problema menos visible y es que el impacto no termina cuando se despeja la ruta.
Tras semanas de bloqueo, miles de camiones saldrán al mismo tiempo sin una gestión coordinada y el cuello de botella entonces se trasladará desde la cordillera a las aduanas, a los centros de distribución y los puntos de recepción.
Por ello, la reapertura exige tratarse como una nueva fase de emergencia. Las empresas deben priorizar cargas críticas, dosificar despachos, flexibilizar la recepción y evaluar rutas secundarias para evitar que la llegada masiva de mercancía colapse sus propias operaciones.
El bloqueo nos deja una enseñanza clara, porque la continuidad del negocio no puede depender de que un único corredor funcione sin interrupciones. Se requiere visibilidad en tiempo real, inventarios de resguardo y planes de contingencia para reaccionar antes de que el corte derive en una crisis de proporciones.
Más que esperar la próxima interrupción, el desafío es aprovechar esta experiencia para construir cadenas de suministro capaces de adaptarse y mantener su operación frente a escenarios imprevistos.
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