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El futuro del trabajo: la paradoja del primer empleo

Por Sandra Bravo.

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Durante años, entrar al mercado laboral implicó aceptar una suerte de intercambio tácito. Las empresas contrataban jóvenes con poca experiencia y menor productividad inicial, y estos, a cambio de un salario de entrada, aprendían trabajando. La inteligencia artificial está empezando a alterar ese mecanismo.

Al respecto, el Fondo Monetario Internacional advierte que una de cada diez vacantes en las economías avanzadas ya exige al menos una habilidad nueva, en las economías emergentes, la proporción es cercana a una de cada veinte. Una parte importante de estas nuevas competencias está relacionada con las tecnologías de información y, de manera creciente, con la inteligencia artificial.

El fenómeno podría parecer simplemente una actualización de las competencias que demanda el mercado laboral. No lo es. El mismo estudio advierte que los empleos de entrada presentan una elevada exposición a la IA y recoge evidencia emergente de Estados Unidos según la cual su adopción estaría reduciendo la contratación en posiciones iniciales, especialmente cuando las tareas pueden automatizarse en lugar de complementarse con el trabajo humano.

Y ahí aparece una paradoja. Las empresas necesitan cada vez menos a una persona para hacer precisamente aquellas tareas que durante décadas permitieron que esa persona aprendiera a hacer otras más complejas.

Desde el punto de vista de la productividad, la transformación tiene sentido. Desde el punto de vista de la formación del capital humano, plantea un problema bastante menos evidente. Porque el trabajo junior nunca consistió solamente en producir. También consistía en aprender. La pregunta es qué ocurre cuando automatizamos no solo una tarea, sino también una etapa del aprendizaje profesional.

Al mismo tiempo, las empresas comienzan a demandar algo aparentemente contradictorio. Ya no basta con saber utilizar herramientas de inteligencia artificial, se espera que sean usadas con criterio. Es una exigencia perfectamente razonable, si no fuera porque “el criterio” es probablemente una de las competencias más difíciles de adquirir sin experiencia.

Esto obliga a mirar la discusión sobre inteligencia artificial y empleo desde otro ángulo. Quizás la pregunta más importante no sea cuántos puestos de trabajo desaparecerán, sino cómo se construirá experiencia cuando desaparezcan algunas de las tareas con las que tradicionalmente se adquiría experiencia.

Si el empleo junior funcionaba, en cierta medida, como un mecanismo implícito de formación, la automatización de esas tareas deja abierta una pregunta incómoda: ¿quién asumirá ahora ese costo?

Una posibilidad es que lo hagan las universidades, incorporando durante la formación experiencias mucho más cercanas al trabajo real: resolución de problemas, análisis de información imperfecta, evaluación crítica de resultados producidos por IA y toma de decisiones. Pero la educación superior suele cambiar más lentamente que la tecnología.

Otra posibilidad es que lo hagan las empresas. Eso significaría transformar una formación que antes ocurría casi naturalmente en el puesto de trabajo en una inversión explícita: mentorías, rotaciones, simulaciones y acompañamiento de profesionales experimentados. El problema es que esta alternativa compite directamente con el incentivo de corto plazo de automatizar y reducir costos.

La tercera posibilidad es que el costo recaiga sobre los propios jóvenes. La misma IA puede convertirse en tutor, entrenador y acelerador del aprendizaje. Es probablemente parte de la solución, pero tiene una consecuencia distributiva importante: quienes dispongan de mejor educación previa, mejores redes y mayores recursos estarán también en mejores condiciones para aprovecharla.

Y aquí aparece un segundo riesgo. La educación puede convertirse crecientemente en la frontera entre quienes utilizan la IA para aumentar sus capacidades y quienes ven sus tareas sustituidas por ella. Una persona que ya posee conocimientos sólidos puede delegar a la inteligencia artificial el componente más mecánico de su trabajo y concentrarse en interpretar, cuestionar y decidir. Para quien todavía está construyendo esas capacidades, en cambio, la automatización puede eliminar precisamente las tareas que constituían su puerta de entrada


 
 
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