Mucho antes de que existieran los laboratorios, ya había una forma de conocer el mundo: la de los pueblos indígenas. Durante generaciones, observaron el clima, cuidaron los suelos, sanaron utilizando plantas y aprendieron a convivir con los recursos que nos entrega la naturaleza, sin agotarlos. Ese saber, transmitido de manera oral entre abuelos y nietos, sigue vivo hoy, aunque la ciencia moderna muchas veces lo haya mirado con distancia.
Basta con revisar dos ejemplos para entenderlo. Los pueblos originarios de Norteamérica ya masticaban corteza de sauce contra el dolor y la fiebre siglos antes de que la ciencia aislara la salicina y diera origen a la "aspirina". Algo parecido ocurre con el Quillay (árbol endémico de Chile); su corteza, usada tradicionalmente como jabón natural por comunidades locales, es hoy la base de adyuvantes que forman parte de vacunas, incluidas algunas contra el COVID-19. En ambos casos, la ciencia llegó después a un lugar donde el conocimiento indígena ya estaba, transmitido de generación en generación.
En nuestro país esta vinculación existe, pero es desigual. Hay voluntad declarada y experiencias valiosas, como los equipos que hoy trabajan junto a comunidades aymaras en la recuperación de bofedales altiplánicos, o laboratorios universitarios dedicados al rescate de prácticas ancestrales. El problema es que estas iniciativas dependen más de la convicción de equipos específicos que de una política a nivel país, ya que seguimos sin la arquitectura normativa y formativa que las transforme en regla y no en una excepción. Lo más habitual continúa siendo que la ciencia estudie y "ponga en valor" los saberes indígenas, sus indicadores climáticos o su lectura del territorio, sin que estos pueblos participen en construir la pregunta de investigación, ni figuren como autores de lo que ayudaron a crear.
El desafío actual no es solo traspasar el saber, sino que se transforme en reconocimiento genuino, en una coautoría, en retribución y un lugar en la mesa desde el primer día de cada estudio o análisis, no solo en una mención al final de los procesos.
Los pueblos indígenas no solo habitan territorios, sino que también conocimiento. Creemos un lazo real y tangible, sentemos a sus comunidades donde se diseña la ciencia, y demos a Chile una investigación que escuche tanto como observa, una que tenga "denominación de origen".
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