“Yo soy el abuelo carnavalón, un mono cualquiera”. Así a veces te presentabas y con mucha gracia cantabas canciones que no atraían muchas chiquillas, pero que despertaban esas raíces nortinas en nuestro acervo cultural, con los inolvidables Arak Pacha. Era maravilloso ver la facilidad con la que construías armonías en tu guitarra y charango, o cuando incursionaste con la quena y el violín, además, uno que otro suspiro le sacaste a la zampoña y ocarina.
Quizás mis recuerdos no son tan claros, puesto que han pasado treinta años, pero póstumamente debo confesar que una vez, una chiquilla, me dijo que pensaba que nosotros éramos evangélicos, porque nos pasábamos escuchando y tarareando a Sui generis o Sol y lluvia. Lo que me hizo mucho sentido, cuando fui por esas “confesiones de invierno” “a nuestro padre y nuestra madre”.
Arbitrariamente he decidido recordar cantos y carcajadas, conciencia de estar vivo, pasión artística explosiva y energía vital para subir una montaña o educar jóvenes, en el cuidado de la naturaleza.
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