Sabado, 25 de Julio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

El poder cuando invade: por qué el acoso no es un malentendido

Por María José Millán Monares Académica de Psicología Universidad Andrés Bello

 

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Cada vez que una denuncia por acoso involucra a una figura de poder, aparece la misma maniobra, de reducir el problema a un exceso, una confusión o un asunto privado. Pero el acoso, especialmente cuando ocurre dentro de una institución, no es un malentendido. Es una forma de invasión sostenida que se apoya en la desigualdad.

 

Si quien hostiga tiene capacidad de decidir contratos, horarios, evaluaciones o acceso a oportunidades, la víctima enfrente a una estructura y no solamente a una persona. Por eso el silencio no puede interpretarse como consentimiento. Muchas veces es una respuesta de miedo, resguardo o supervivencia frente a alguien que parece intocable.

 

En estos casos, lo más grave no es solo la conducta individual. Lo más grave es la facilidad con que ciertas instituciones permiten que una autoridad cruce límites sin encontrar frenos oportunos. Si los mensajes, insinuaciones o acercamientos se repiten y el entorno no interviene, el problema deja de ser privado y pasa a ser institucional.

 

Durante demasiado tiempo, el acoso ha sido minimizado como una mala lectura, una torpeza afectiva o una conducta “fuera de lugar”. Sin embargo, en muchos contextos laborales, el hostigamiento funciona como una forma de control. No busca solo acercamiento; busca probar hasta dónde la otra persona puede ser presionada, aislada o doblegada sin consecuencias.

 

La víctima, en cambio, no solo lidia con incomodidad. Muchas veces comienza a vivir en estado de alerta. Mide sus palabras, cambia rutinas, evita espacios, calcula riesgos. Su energía deja de estar disponible para trabajar, crear o sentirse segura. Queda atrapada en una lógica defensiva que erosiona la salud mental y la confianza básica en el entorno.

 

No cabe la pregunta sobre qué hizo la víctima para incomodar, rechazar o “provocar”. Lo urgente es entender por qué todavía cuesta tanto que una funcionaria pueda poner un límite sin temer represalias. También debemos preguntarnos por qué algunas organizaciones siguen reaccionando tarde, mal o con ambigüedad cuando el denunciado ocupa una posición de poder.

No hay que olvidar que el acoso no prospera solo por la voluntad de quien invade. Lo hace porque encuentra un ecosistema de silencio, temor e impunidad. Solo termina de verdad cuando el poder deja de proteger al agresor y empieza a proteger a quien denuncia.


 
 
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