Cada 26 de junio, el Día Internacional contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas invita a reflexionar no solo sobre las sustancias ilícitas y sus consecuencias sociales, sino también sobre cómo la percepción de riesgo puede alejarse peligrosamente de la evidencia científica.
Pocas sustancias ejemplifican mejor esta situación que el cannabis. En los últimos años, la marihuana ha experimentado un proceso de normalización cultural, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes. En muchos espacios sociales se la percibe como una sustancia inocua, e incluso beneficiosa para la salud.
Sin embargo, la evidencia científica disponible muestra un escenario bastante más complejo. Aunque las últimas encuestas de SENDA muestran señales alentadoras, como una disminución del consumo y un aumento gradual en la percepción de riesgo —que alcanza cerca del 35% en escolares y el 44% en adultos—, todavía persiste una importante brecha entre lo que la población cree y lo que la ciencia conoce sobre sus efectos.
Uno de los riesgos más preocupantes es la relación entre el consumo de cannabis y el desarrollo de trastornos psicóticos. Hoy sabemos que los adolescentes que consumen presentan un riesgo significativamente mayor de desarrollar síntomas psicóticos, particularmente quienes poseen una predisposición genética o antecedentes familiares de esquizofrenia, trastorno bipolar u otras enfermedades psiquiátricas. El problema es que nadie puede conocer con certeza cuál es su nivel individual de vulnerabilidad.
En salud mental, la genética es compleja y todos poseemos algún grado de susceptibilidad. Otro mito persistente es considerar a la marihuana una sustancia “natural” y, por lo tanto, segura. Sin embargo, el origen vegetal de una sustancia no garantiza su inocuidad. Además, los productos disponibles actualmente contienen concentraciones de THC considerablemente más altas que las observadas décadas atrás, aumentando así el potencial de dependencia y de efectos adversos.
La práctica clínica muestra con frecuencia que consumidores habituales desarrollan síntomas de abstinencia, deseo intenso de consumo y pérdida de control, manifestaciones características de un trastorno por consumo de sustancias. A ello se suman consecuencias menos visibles, pero igualmente relevantes: alteraciones de la memoria, dificultades de concentración, problemas de aprendizaje, disminución de la motivación, síntomas depresivos y trastornos de ansiedad, incluyendo crisis de pánico. Estos efectos adquieren especial importancia durante la adolescencia, etapa crítica para el desarrollo cerebral. Diversos estudios sugieren que algunas alteraciones cognitivas pueden persistir en el tiempo, especialmente cuando el consumo comienza precozmente y se mantiene de forma frecuente.
También es habitual observar a personas que utilizan cannabis para “tratar” síntomas como ansiedad, insomnio o tristeza. Sin embargo, la evidencia científica y la experiencia clínica muestran que, lejos de resolver el problema, el consumo suele perpetuar o exacerbar estos síntomas, generando un círculo difícil de romper.
La prevención exige abandonar las caricaturas. Presentar a la marihuana como el peor de los males no favorece el diálogo, pero minimizar sus riesgos tampoco protege a la población. El desafío es comunicar con honestidad: el cannabis es una sustancia con efectos documentados sobre la salud y cuyos riesgos son particularmente relevantes en niños, adolescentes y personas con vulnerabilidad psiquiátrica. La adolescencia representa un período especialmente sensible, ya que el cerebro aún se encuentra en pleno desarrollo. Por ello, el consumo en etapas tempranas se asocia a mayores riesgos de dependencia, alteraciones cognitivas y problemas de salud mental. Sin embargo, el mensaje preventivo debe ser claro para todas las edades: no iniciar el consumo de cannabis es la mejor decisión para proteger la salud física y mental. Desde la Medicina del Estilo de Vida promovemos alternativas basadas en evidencia para el bienestar, como la actividad física, el fortalecimiento de las relaciones sociales, el manejo saludable del estrés, el descanso adecuado y otros hábitos que favorecen una vida más saludable y plena, sin necesidad de recurrir a sustancias psicoactivas.
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