En una mañana cualquiera en una escuela de Santiago, el timbre suena como siempre. Pero algo ha cambiado. Antes de entrar a clases, los estudiantes hacen fila para controles que, hace unos años, habrían parecido impensables: revisión de mochilas, registros, instrucciones repetidas sobre normas y conductas. Lo cotidiano empieza a parecerse más a un dispositivo de vigilancia que a un espacio de aprendizaje. Y en ese gesto silencioso —el de aceptar sin cuestionar— se instala una pregunta incómoda: ¿cuánto control necesita realmente una comunidad educativa para sentirse segura?
La preocupación por una convivencia escolar segura y protegida es legítima. Nadie discute la necesidad de resguardar a estudiantes y docentes en contextos cada vez más complejos. Sin embargo, cuando la respuesta institucional se traduce en una acumulación de protocolos, el riesgo es perder de vista lo esencial: la escuela no es solo un espacio que se regula, es un lugar que se construye en vínculos. Sin embargo, como advierte un informe de la OCDE (2021), el exceso de regulaciones puede generar un clima de desconfianza que impacta negativamente en la motivación y el compromiso de los estudiantes. Y esa desconfianza, se extiende a las familias: cuando estas se sienten tratadas como posibles infractoras antes que, como colaboradoras, la desconexión se vuelve casi inevitable (UNESCO, 2022).
Hoy, muchos estudiantes experimentan una contradicción difícil de nombrar: se les habla de autonomía, pensamiento crítico y participación, pero al mismo tiempo se les somete a dinámicas que reducen su margen de decisión. Ante esto, no debe extrañar que surjan actitudes de resistencia, apatía o desafección. No se trata sólo de rebeldía adolescente, sino más bien una respuesta a sentirse permanentemente observados y poco escuchados.
En este escenario, el rol de las familias también se aprecia en una tensión o encrucijada, ya que la escuela les pide involucrase y participar, pero la relación queda atrapada en formalidades, lo cual va generando una desconexión progresiva que termina debilitando uno de los pilares fundamentales de cualquier proceso educativo: la coherencia entre lo que ocurre en la escuela y lo que se vive en el hogar. Un reciente estudio del MINEDUC (2023) subraya que, sin un sentido de pertenencia y participación real en las decisiones escolares, los jóvenes y sus familias difícilmente se sentirán valorados y escuchados.
Aquí es donde surge una contradicción lamentable, porque toda esta maquinaria de formalidades, manuales y protocolos que busca proteger y garantizar los derechos de nuestros estudiantes termina ahogando aquello que más necesitamos para educar: el vínculo. Porque educar es un acto esencialmente humano y repleto de emociones e intención. Es recorrer un camino juntos y eso no se logra con más formularios, sino con más confianza. Como sostiene Paulo Freire, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que cambiarán el mundo”. Pero para que ese cambio ocurra, las personas que participan del acto educativo, los estudiantes y sus familias, necesitan sentirse parte de algo, no solo sujetas a algo.
Pero, ¡no se trata de eliminar los protocolos! Sería ingenuo y peligroso. Se trata, más bien, de devolverles su sentido: que sean instrumentos al servicio del bienestar colectivo, no murallas que separan a una comunidad. La Política de Convivencia Escolar chilena (MINEDUC, 2024) abre esa posibilidad cuando habla de buen trato y participación. Pero la letra se vuelve realidad vivida sólo cuando los equipos directivos se atreven a ceder control y a construir normas con quienes las viven cada día, pero sin perder su liderazgo. Y cuando las familias descubren que su rol no es solamente el de la denuncia en redes sociales, el del reclamo en los organismos fiscalizadores o el del conflicto directo con otros padres y familias, sino un rol orientador de encuentro, diálogo, valoración del otro, tolerancia, comprensión y respeto.
Hay esperanza, y no es ingenua. Se ha visto en escuelas que transformaron las reuniones de apoderados en círculos de conversación, donde se escucha antes de informar. En colegios que reemplazaron algunas revisiones rutinarias por asambleas semanales donde los propios estudiantes proponen acuerdos de cuidado mutuo. Pequeñas grietas por donde vuelven a entrar rayos de sol. Porque, al final del día, ninguna circular puede sustituir una conversación sincera, y ningún protocolo, por bien diseñado que esté, puede reemplazar la fuerza transformadora de un vínculo genuino.
Las mañanas de escuela deberían seguir empezando con un timbre. Pero también con una madre que despide a su hijo sin verle la cara de culpabilidad, con un profesor que puede saludar a sus alumnos con un apretón de manos afectuoso sin estar asustado porque lo puedan sancionar, con un niños y niñas que entran confiados a su colegio porque saben que allí, más que cumplir reglas, se aprende a vivir. Quizás ese sea el único protocolo que realmente vale la pena no perder de vista.
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