Las últimas cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) confirman una transformación demográfica que ya no admite indiferencia. Por primera vez en la historia de Chile, la Tasa Global de Fecundidad descendió por debajo de un hijo por mujer, alcanzando 0,99 nacidos vivos promedio por mujer en 2025. En poco más de tres décadas, el país pasó de 275.916 nacimientos en 1993 a 146.446 en 2025.
Se trata de un cambio que trasciende el ámbito estadístico. Estamos frente a una transformación estructural que tendrá consecuencias profundas sobre el desarrollo económico, la sostenibilidad de los sistemas de protección social, la disponibilidad futura de fuerza laboral y la capacidad del país para sostener el relevo generacional.
Sin embargo, existe un fenómeno menos visible que merece igual atención: mientras nacen menos niños, los embarazos son cada vez más complejos. La maternidad ocurre hoy a edades más avanzadas y aumenta la presencia de condiciones preexistentes como obesidad, hipertensión arterial, diabetes y problemas de salud mental, factores que incrementan el riesgo obstétrico y exigen respuestas asistenciales más especializadas. A ello se suma una creciente diversidad cultural: actualmente, uno de cada cinco nacimientos corresponde a madres extranjeras, lo que plantea el desafío de ofrecer una atención con pertinencia cultural, comunicación efectiva y enfoque de derechos.
En este contexto, la disminución de los nacimientos podría generar la impresión de que la presión sobre los servicios obstétricos disminuirá. Ocurre exactamente lo contrario. La complejidad clínica, social y emocional de los procesos reproductivos exige profesionales altamente capacitados, infraestructura adecuada y modelos de atención centrados en las necesidades de cada mujer y su familia.
Por ello, el desafío no consiste únicamente en garantizar acceso a la atención. También debemos asegurar calidad, oportunidad y seguridad. La reducción de nacimientos no puede transformarse en una justificación para debilitar capacidades obstétricas, cerrar maternidades o reducir inversiones. Por el contrario, representa una oportunidad para fortalecer la atención especializada, mejorar los resultados maternos y perinatales y avanzar hacia modelos de cuidado más integrales y humanizados.
Al mismo tiempo, el país necesita una discusión más profunda sobre las condiciones que enfrentan quienes desean formar una familia. El descenso sostenido de la fecundidad no puede explicarse únicamente por decisiones individuales. Detrás de estas cifras existen dificultades de acceso a la vivienda, incertidumbre económica, precariedad laboral, insuficiente corresponsabilidad en los cuidados y crecientes dificultades para compatibilizar proyectos familiares con desarrollo profesional.
Las experiencias internacionales muestran que revertir tendencias demográficas de esta magnitud requiere políticas sostenidas durante años e incluso décadas. Chile enfrenta una paradoja inédita: menos nacimientos, pero mayores necesidades de atención especializada. Comprender esta realidad es el primer paso. El siguiente es actuar. Las decisiones que tomemos hoy definirán la salud, el bienestar y el desarrollo del país en las próximas décadas.
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