Cuando José Antonio Kast cruzó el patio de Los Naranjos el pasado 11 de marzo para asumir la Presidencia, hubo un detalle que el gobierno cuidó con especial atención: la fotografía del gabinete. Mujeres y hombres distribuidos con aparente equilibrio. La imagen buscaba transmitir modernidad. O, al menos, evitar que el nuevo oficialismo apareciera como el retorno explícito a una política hecha exclusivamente por hombres.
La fotografía, sin embargo, dura apenas un segundo. El poder, en cambio, se observa en movimiento.
Y basta revisar dónde quedaron instaladas esas mujeres para entender que la paridad numérica no necesariamente implica redistribución real del poder.
Porque mientras Hacienda, Interior, Economía o Relaciones Exteriores continuaron orbitando alrededor de figuras masculinas, muchas de las ministras fueron ubicadas en carteras vinculadas al cuidado, la contención y la reproducción social: Mujer, Desarrollo Social y Familia, Educación, Deportes. Espacios relevantes, sí. Pero también espacios históricamente feminizados. Lugares donde la política todavía parece pensar que las mujeres "encajan mejor".
Como si el viejo mandato patriarcal simplemente hubiese aprendido a usar lenguaje institucional.
Las mujeres administran los afectos. Los hombres administran el Estado.
Y ahí aparece una de las grandes paradojas de cierta derecha contemporánea: necesita exhibir mujeres para dialogar con el Chile actual, pero sin alterar demasiado las estructuras tradicionales desde donde se ejerce el poder.
Una modernización estética más que política.
Las excepciones parecían ser dos ministerios especialmente sensibles para el gobierno de Kast: Seguridad y la Vocería de Gobierno. Dos espacios centrales para cualquier administración, pero particularmente para una cuyo principal capital político fue la promesa de restaurar el orden.
Porque la seguridad no fue sólo un tema de campaña. Fue el relato que llevó a Kast a La Moneda.
Y la vocería, por definición, no es simplemente comunicación: es el dispositivo encargado de defender, ordenar y traducir políticamente al gobierno frente al país.
Sin embargo, ambas ministras —Mara Sedini y Trinidad Steinert— terminaron dejando sus cargos a solo 69 días de asumir, siendo el cambio de gabinete más apresurado tras el retorno a la democracia.
Y quizás ahí se vuelve visible algo más profundo que un simple ajuste ministerial.
Ambas llegaron con escasa experiencia política para ministerios de altísima exposición. Se insistió en que bastaría con capacidades técnicas o profesionales para enfrentar escenarios complejos. Pero la política rara vez perdona la ingenuidad institucional. Mucho menos cuando se gobierna desde la presión permanente de la crisis.
Entonces ocurrió lo predecible: las ministras quedaron expuestas al desgaste, mientras las decisiones estructurales continuaban siendo administradas desde núcleos de poder profundamente masculinizados.
Ellas daban las explicaciones. Otros conservaban el control.
Y ahí el problema deja de ser individual para transformarse en estructural.
Porque no toda presencia femenina implica necesariamente avance para las mujeres. A veces sólo implica incorporar rostros femeninos a diseños de poder que permanecen intactos.
Confundir representación con transformación ha sido uno de los grandes errores de cierta política contemporánea.
También del feminismo institucional.
Durante meses, la ex vocera intentó instalar que parte importante de las críticas a su gestión respondían a su condición de mujer. Y aunque la violencia política de género existe —y sigue siendo una realidad brutal para muchas mujeres en espacios públicos—, convertir cualquier cuestionamiento político en misoginia termina debilitando precisamente aquello que se busca defender.
Porque el feminismo pierde fuerza cuando se transforma en blindaje comunicacional.
No toda crítica a una mujer es machismo. A veces es simplemente política.
Y probablemente ahí aparece la contradicción más incómoda para este gobierno: incorporó mujeres, pero no modificó las lógicas del poder. Feminiza el cuidado, pero masculiniza las decisiones estratégicas. Exhibe rostros femeninos para dialogar con la modernidad, mientras la autoridad real continúa descansando sobre las mismas estructuras tradicionales.
Al final, el mensaje parece ser siempre el mismo.
Las mujeres sirven para contener la crisis.
Los hombres, para administrar el poder.
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