El reciente brote asociado al crucero MV Hondius, actualmente investigado por la Organización Mundial de la Salud, volvió a poner en agenda una palabra que en Chile conocemos desde hace más de tres décadas: Hanta. Mientras el foco mediático se sitúa en este evento internacional (transfronterizo), el mensaje epidemiológico de fondo es claro: las zoonosis siguen siendo una amenaza vigente y global.
Nuestro país no es ajeno a esta realidad. Según el Ministerio de Salud, hasta el 6 de mayo de 2026 se han registrado 39 casos confirmados y 13 fallecidos, con una letalidad cercana al 33%, cifra consistente con el comportamiento histórico de esta enfermedad en Sudamérica. Chile convive con un hantavirus endémico, cuyo reservorio principal el ratón colilargo, el cual habita extensas zonas del territorio.
A ello se suma un factor cada vez más relevante: el cambio climático y la transformación ambiental. Las variaciones en temperatura, lluvias y disponibilidad de alimento pueden alterar la dinámica de los roedores y modificar los patrones de transmisión, incrementando el riesgo sanitario y, con ello, los costos económicos directos e indirectos asociados a hospitalizaciones, cuidados intensivos y pérdida de productividad laboral.
Pero el desafío no es generar alarma, sino fortalecer la conciencia epidemiológica. El hantavirus es infrecuente, pero extremadamente grave, y suele comenzar con síntomas inespecíficos. Consultar precozmente puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Después del COVID-19, el mundo entendió que las enfermedades emergentes no son escenarios improbables. El hantavirus, silencioso pero persistente, vuelve a recordárnoslo.
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