Enero y febrero marcan uno de los períodos más intensos del año en las carreteras del país. Millones de personas se desplazan hacia destinos turísticos, mientras el transporte de carga y pasajeros mantiene su operación habitual para sostener el abastecimiento. Esta convivencia inevitable entre autos particulares, buses y camiones transforma a la temporada estival en un verdadero test de seguridad vial.
Las cifras anticipan un escenario exigente. El aumento de viajes internos no solo implica más vehículos circulando, sino también mayores niveles de cansancio, distracción y presión por cumplir horarios. Factores que, combinados, elevan el riesgo de accidentes, especialmente en rutas interurbanas y accesos a zonas turísticas.
En este contexto, la seguridad vial no puede seguir entendiéndose solo como una reacción frente al accidente. La verdadera diferencia se marca antes, en la planificación de los viajes, en la gestión responsable de los tiempos y en una conducción consciente del entorno. Anticiparse a la fatiga, respetar los límites de velocidad y asumir que el error humano sigue siendo una de las principales causas de siniestros es parte de una mirada más preventiva.
La temporada alta también pone sobre la mesa un desafío adicional para los conductores profesionales. Jornadas extensas, trayectos prolongados y exigencias operativas pueden transformarse en un riesgo si no se administran adecuadamente. Por eso, incorporar pausas, revisar el estado del vehículo y reducir las distracciones no son recomendaciones accesorias, sino decisiones que pueden salvar vidas.
Conducir en verano exige algo más que experiencia al volante. Requiere planificación, autocuidado y respeto por quienes comparten la ruta. Porque cuando el tráfico aumenta, la prevención deja de ser un consejo y se convierte en una responsabilidad colectiva. Solo así los desplazamientos propios de las vacaciones podrán desarrollarse de manera más segura, protegiendo tanto a las personas como a las comunidades que dependen de una movilidad responsable.
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