Las apps de citas son un hábito moderno que se practica en silencio, como si fuera un pecado. Tres de cada 10 adultos en EE.UU. dicen haber usado alguna vez una app o sitio de citas. Y aun así, la fama sigue pantanosa: una parte importante de las personas reporta experiencias negativas (acoso, mensajes no solicitados, estafas, etc.). Usarla, sí; admitirlo, no: el secreto peor guardado.
Lo raro es que esto pase justo ahora. Desde la pandemia, hemos aceptado una vida social virtual: reuniones por Zoom, clases online, grupos de WhatsApp que son familia. Pero cuando el vínculo es amoroso, aparece el prejuicio: “conocerse por app” sigue con tinte de plan B con culpa.
La explicación fácil es técnica: una cita es un acto de intimidad, y lo virtual aumenta el margen de maniobra para el engaño. Netflix hizo su parte, dejándonos levemente traumadas: ahí están los documentales en los que el pretendiente termina siendo estafador, psicópata o ambas cosas (véase The Tinder Swindler). No es que antes no existieran; pero ahora sentimos que podemos quedar del lado de las damnificadas.
Pero en Chile el asunto tiene otra capa: las apps violan nuestra endogamia social, ese interrogatorio de cortesía donde después de preguntar “¿cómo te llamas?”, se pasa a “¿de qué colegio saliste?”. Esta es otra forma de averiguar “¿quién te conoce?”. El candidato ideal no llega solo: llega con padrinos. Viene con un sello de buena conducta entregado por un amigo, una prima o una excompañera. La app, en cambio, te entrega un desconocido que no cuenta con acreditación de buena reputación. Y eso, para una cultura que terceriza la confianza, es como un salto al vacío sin red.
Por eso la mala fama no se explica solo por el riesgo digital. Se debe a que las apps vuelven visible una verdad que preferimos evitar: las relaciones de pareja siempre son una apuesta. Con o sin intermediarios, nadie garantiza que esa persona no sea un psicópata, un estafador ni material original para otra serie de Netflix.
Y ahí está la trampa: creemos que, porque alguien fue presentado por un amigo, lleva una especie de sello notarial de decencia. Y si todo esto suena exagerado, basta con mirar el caso de Gisèle Pelicot: el horror no venía de una app ni de un desconocido, sino del lugar más conocido de todos —la pareja, la casa, lo cotidiano. Al final, la diferencia entre conocer a alguien en la red de contactos no radica en la seguridad: es el relato tranquilizador que nos contamos para creer que estamos a cargo. La app no inventa el riesgo: solo nos deja sin la ilusión de control.
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