Lunes, 8 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Abarca tornería

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Si miras con atención la esquina de Avda. Argentina y calle Rancagua, puedes observar un letrero que anuncia a la Tornería Abarca. Si te interesa el tema, debes seguir investigando, un grueso muro esconde lo que al parecer es un taller. Ese signo de misterio, quizás podría alejarte, mas en mi caso, me anima a descubrir ese refugio y sobre todo conocer al maestro, técnico o ingeniero que lleva muy adentro ese añoso oficio. La historia indica que por ahí en el año 850 A.C., viejos inventos lograban comenzar a cilindrar y dar forma a distintos utensilios, iniciándose así la tornería.

El oficio en maderas y fierros, sin duda nos conducen al campo remoto, a la reparación de máquinas, especialmente las pasteras de don Mateo, para seguir con la maquila de fardos de alfalfa. Al viejo lo vi innumerables veces camino a Los Andes, desde su predio de Foncea, para reparar o fabricar las precisas piezas de repuestos. Si bien no he visto al tornero, ya lo imagino, seguramente algo huraño, grande y macizo, para lidiar con los fierros y maquinarias oxidadas. Hasta el momento sólo he observado llegar un ciclista, muy bien equipado, apostaría que es su ayudante. Seguramente sus maquinarias son modernas, pero quisiera encontrar resabios de fragua, que nos condujeran a otras épocas.

He pasado varias veces por el lugar, al parecer nuestros horarios no son coincidentes, a lo más vi salir un extraño personaje vestido como militar, llevando en la cintura una caja y las respectivas baquetas. Posteriormente supe que estaban de aniversario los maristas, y la banda de exalumnos desfilaría al son de su himno. Pero pueden haber usado su taller como camerino, pues no me calza con el personaje buscado, alto, grueso y pelos canos quemados por las brasas.

Ni más ni menos que a finales del siglo XV, Leonardo da Vinci imaginó y trazó en su Códice Atlántico varios bocetos de tornos, que no pudieron ser construidos por falta de medios, pero sirvieron de orientación en posteriores desarrollos.

Hoy le hice la guardia, definitivamente lo conocería, sí o sí, el sonido del furgón blanco que viraba desde avda. Argentina, daba con la personalidad de un tornero, tres perros que me miran por las ventanas traseras, también dan con el personaje. Una antigüedad importante del vehículo, no me decepciona para nada, pero la situación verdaderamente me sorprende. Baja con la personalidad de ser el tornero, con mameluco de tornero, el ciclista, el percusionista de la banda y además un dog lover. El “que se le ofrece”, antes del saludo, me desmorona el personaje imaginario y dispuesto ya en la realidad, entramos al taller y entre ladridos, cilindros, mesones y todo tipo de clientes, nos consumimos tres horas de conversación. Don Jaime Abarca Espinoza, personaje andino, de esos nacidos y criados.

Para entrar en confianza, halago su furgón, rápidamente lo describe, un Volkswagen Combi de 1993, en vías de convertirse en un motor home. Definitivamente un aventurero, de esos que calzan con el mundo inmemorial, quizás un naturalista, escalador o rey del cachureo. No estaba tan lejos, normalmente llega en bicicleta desde calle Los Olmos, en San Esteban, hasta su taller de Los Andes, pero no sólo eso, junto a Gaby, su mujer, salen los fines de semana en una bici Tándem (bicicleta doble), en una ruta de 60 kms. Van desde San Esteban hasta San Francisco, Tocornal, San Felipe, Auco y nuevamente Los Olmos. El recorrido ya me cansó, mas su entusiasmo, me mantiene de pie, sólo afirmado de un grueso mesón de fierro.

Observo la atención a los clientes, con sus manos dibuja en el aire las soluciones, su mente va a mil y el torno junto a la fresadora, no le guardan secretos. Y cómo podrían hacerlo, si ya a los 12 años fabricó un motor a vapor, luego un proyector de cine de 16 mm, cámara fotográfica de cajón, incluido laboratorio de revelado. A los 16, un telescopio reflector con espejo tallado, demorando en el trabajo unos 6 meses. Su padre Bernardino, lo consentía e incentivaba en la actividad. Dice disfrutar su oficio, pues estamos viviendo un mundo de novedades, que pone en jaque las reparaciones, pero ya veo que a él no, al mirar los hilos metálicos del suelo, y vislumbrar la cantidad de piezas que realiza e inventa.

La atmosfera del taller nos envuelve en risas, silencios y recuerdos, como aquella anécdota que nos lleva a finales de los 90. Un señor lo llamaba insistentemente desde un lugar de Paine llamado Huelquen, solicitando la construcción de una pieza, bastante especial en forma y material, finalmente el repuesto imaginario, irreal se hizo presente en el taller andino, desafío que nadie había querido tomar en la capital. Esa semana del 98, aparece su cliente, nada menos que el conocido “corredor solitario”, el motoquero de KTM, que puso el nombre de Chile, por primera vez, en el podio del Rally París-Dakar, así fue, presentando sus respetos don Carlo De Gavardo, el Cóndor de Huelquen.

Su rostro palidece al preguntar por los orígenes del taller, trata de contar su carrera con algún tiempo en la Fach o en la fabricación de rodillos para portones después, mas sus palabras entre cortadas, van al año 1955 cuando don Nino, su padre inaugura el taller, el mismo que retoma Jaime, en el año 1990. Nunca mejor dicho “de tal palo, tal astilla”, los consentimientos de don Bernardino, recorren su piel, los ojos agüitados regresan al pasado, a la esencia de los metalados de biela del Ford A. Personajes del pasado y presente del mundo andino, los que dejan huella.


 
 
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