Hay un gesto que la Ley 21.827 instala en el centro de la vida escolar y que conviene mirar despacio, porque los gestos son los que educan más que un artículo de ley. Es el gesto de abrir una mochila y en ese gesto está el estudiante que pasa de ser estudiante que trae sus objetos para aprender a ser alguien que podría estar escondiendo algo. La sospecha que instala la Ley de Escuelas Protegidas recae sobre las personas.
La violencia escolar chilena no es una invención retórica: las denuncias por maltrato a adultos ante la Superintendencia crecieron con fuerza entre 2023 y 2025 y los registros de porte de armas en establecimientos no admiten minimización. Un profesor agredido en su sala no necesita que le expliquemos la fragilidad del vínculo pedagógico: la conoce en el cuerpo. La ley nombra un malestar real y un abandono real, el de comunidades que llevan años pidiendo respaldo y recibiendo circulares. Hay además disposiciones que compartimos: la gestión colaborativa de conflictos y el alivio de la carga administrativa.
El problema no es que la ley responda, sino con qué gramática responde. La sala de clases ya exhibía dos soledades: la del profesor que rinde cuenta de modelos que no ha reflexionado y la del estudiante representado de antemano como alguien con carencias. La ley agrava ambas y añade una tercera. Al profesor le entrega facultades correctivas sin devolverle las condiciones de su oficio: queda más solo y con un poder que ejercerá bajo escrutinio. Al estudiante le suma, sobre la mirada de déficit, la de la amenaza posible. Y entre ambos instala un procedimiento que decide cómo deben mirarse.
La intención de fortalecer la autoridad pedagógica merece respeto, pero la operación es riesgosa: la autoridad del profesor no proviene de su capacidad de sancionar, sino de su relación con un saber que ofrece y de su decisión de dirigirse a un sujeto suponiéndolo capaz. Quien enseña así no necesita más atribuciones: necesita tiempo no lectivo, equipos que no roten cada año, formación que no sea una charla. Entregar potestad sin restituir condiciones da un instrumento y quita un lugar.
Esta ley nació de un episodio que conmocionó al sistema y avanzó con la velocidad de la conmoción. Legislamos por reacción cuando la violencia escolar es un asunto de indagación: exige preguntar qué hace que un adolescente llegue armado a la sala, qué se rompió antes, dónde estaban los adultos.
Nada de esto es un alegato contra la protección, sino una discusión sobre qué protege efectivamente a una escuela: adultos disponibles, tiempo para conversar, espacios habitables, hospitalidad frente a quienes llegan difíciles, porque los que llegan difíciles son, casi siempre, los que más han sido dejados solos.
La ley ya está publicada y las escuelas tendrán que habitarla. La pregunta no es si se aplicará, sino con qué gesto: un mismo procedimiento puede ejecutarse como control o como cuidado, y esa diferencia no está en el texto legal, sino en la formación de quien lo aplica y en la cultura que lo interpreta
|