Lunes, 30 de Marzo de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

El ciclo de la vida que ignoramos: contra el edadismo en la vejez chilena

Por Carmen Lamilla Alumna, directora de Trabajo Social Advance UNAB.

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Todos conocemos el ciclo vital: nacemos dependientes, crecemos hacia la autonomía plena y morimos, regresando en algún punto a necesitar apoyo de otros, tal como al llegar al mundo. Lo enseñan desde pequeños y lo observamos en la naturaleza sin sesgos, pero al parecer cuesta reconocerlo en el ser humano. Pareciera que nacemos y crecemos, para luego activar un sesgo colectivo que nos impide proyectar nuestro propio envejecimiento, cuando el cuerpo inevitablemente pierde capacidad de autonomía plena y volvemos a depender en diferentes grados de quienes nos rodean.

Sin embargo, la persona mayor no es vista aparentemente como una persona con vida activa y digna. Se le pone un sello de caducidad, similar a la ley de rotulados de alimentos que declara "ha cumplido su vida útil", marcado precisamente por el fin de la presencia activa en la vida laboral: 60 años para mujeres y 65 para hombres. Con ello, las experiencias acumuladas, los conocimientos profundos, la historia personal y colectiva parecen no importar; no les damos importancia, las vamos anulando progresivamente, apagando su voz y, por cierto, apagando a las personas mayores mismas. Querámoslo o no, todos en algún momento lo hemos hecho de manera consciente o inconsciente, pero lo cierto es que debemos dejar de lado esa mirada edadista tan arraigada y comenzar a valorar y abrazar a las personas mayores, abrazándonos con ello a nosotros mismos, pues no podremos detener ese camino inexorable del tiempo, pero sí debemos llegar preparados para él.

No basta con las acciones individuales ni siquiera con el esfuerzo familiar; se requiere un rol del Estado activo y comprometido que promueva políticas públicas integrales, que articulen todas las áreas y reconozcan plenamente el ciclo completo de la vida. Si bien todos los grupos sociales tienen necesidades y desafíos diferentes, existen elementos comunes que deben ser transversales: tener calidad de vida real y accesible para todos, no solo para quienes tienen acceso económico a ella, sino también para aquellos que por sus propios recursos no pueden costear, por ejemplo, actividad física regular, cuidados especializados, vida social activa o simplemente el estar con otros de manera significativa y sostenida.

Es paradójico que tengamos plena conciencia del envejecimiento acelerado de la población; nadie lo niega en Chile, donde ya superamos los 20 millones de habitantes y el porcentaje de mayores crece exponencialmente, pero al mismo tiempo no se visibiliza o se trataría de una ceguera selectiva, donde la realidad está allí frente a nosotros, pero no queremos verla. ¿Por qué? ¿A qué le tenemos miedo realmente? Será que, además del miedo a perder capacidad física y cognitiva, tenemos un terror profundo a ser olvidados, ignorados, y entonces preferimos no preguntarnos cómo será nuestra propia vejez, quién nos cuidará cuando lleguemos a esa etapa.

No es fácil esta ecuación social, pues los padres y madres repiten un discurso tradicional: los “hijos/as son prestados”, “que los hijos deben hacer su vida independiente”. Pero ¿cómo avanzamos como sociedad si no hemos resuelto la pregunta fundamental de quién cuidará a las personas mayores, o más bien, ¿quién nos cuidará a nosotros cuando la sociedad nos etiquete cruelmente como “ha cumplido su vida útil”? La Ley Integral de Cuidado de las Personas Mayores busca precisamente reconocer que ellas pueden, y deben decidir por sí mismas. Me pregunto: ¿por qué no podrían hacerlo, solo por cumplir cierta edad? Sería algo así como a los 18 años eres mayor de edad, autónomo y responsable, pero sobre los 60 vuelves mágicamente a ser menor de edad, pues otros deciden por ti. Me parece que ese no es el camino correcto, pero de algún modo hemos replicado este actuar y pensar de modo inconsciente a lo largo de generaciones.

Dejemos de precarizar a las personas mayores de esta forma tan sutil pero devastadora. Reconozcamos su valía intrínseca, dejemos que puedan decidir y optar por cómo quieren vivir su vejez, honrando su legado inmenso y su voz en esta Ley a través la participación ciudadana efectiva. El diálogo será relevante para reconocer no solo los elementos comunes, sino también las diferencias propias de cada etapa de la vejez, que ellos sean los protagonistas indiscutibles, con sus competencias, conocimientos y habilidades intactas. Los invito humildemente a mirar a las personas mayores directamente a los ojos y ver allí reflejada toda su experiencia invaluable, un tesoro colectivo que ilumina nuestro futuro.


 
 
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