Ha llegado la hora de la oración, una brisa fresca inunda el campo, el caballo ya está en el potrero, las cabras en el corral y los pichos descansando. Una vieja camioneta desprendiendo un hilo de aceite sobre la tierra apisonada, un gato sobre el capó y estrilando unos tordos que buscan sin cesar nidos ajenos. Es el inicio de la llamada por algunos, la hora gris, un estado intermedio que nos hace levitar entre la lasitud y el regocijo del descanso, entre pensamientos de cosas idas y programaciones del siguiente día. Ese es el ambiente, donde aparece el sonido sin cuerpo, invisible, pero llenador, del grillo de campo.
Javiera ya recuperada del sopor del día, camina animadamente a la puerta del patio, respira profundamente y recuerda por qué le gusta tanto volver a su tierra de origen. La música de los grillos inunda el ambiente, los recuerdos van a la niñez, al sentido de pertenencia, a la mano de sus padres, la risa de los hermanos, las colmenas de la señora Tato, una vecina entrañable y el verdor mágico de un buen año en San Esteban. Abiertamente expresa su emoción por ese canto, por la brisa, que inunda el alma y los sentidos se alinean en una ecuación que supera lo meramente matemático.
El sonido va y viene, la humedad del ambiente transporta las ondas y la intensidad alcanza niveles que te invitan a la meditación, pero también a conversaciones, juegos familiares y algún vituperio, para compartir. De dónde viene ese canto, no es fácil observarlos, menos el movimiento de las cuerdas vocales. Jamás sentirás el canto de las hembras, pues no se comunican a través del sonido. Son los machos, los bochincheros, los que se muestran, para conquistar, para asegurar la descendencia, para vivir la vida, por efímera que sea. Y vaya que es corta, su ciclo completo, no sobrepasa los tres meses, y se esfuerzan de igual manera para cumplir sus metas.
El comportamiento de los grillos nos trae sorpresas, pues tanto la hembra como el macho son mudos, pues carecen de cuerdas vocales. Así y todo, se habla del canto de los grillos, y no se está tan lejos de la realidad, pues el macho, para atraer a la hembra a su madriguera, frota sus alas o élitros a velocidades incalculables, a modo de frenesí, de amor, romanticismo y magia. Técnicamente es una “estridulación”, un sonido que se asocia a una conexión espiritual, que va más allá de su demostración viril, alcanza a los presagios positivos, longevidad y abundancia. ¿Quién mata un grillo, cuando lo encuentra en el interior en la casa?, nadie.
Las condiciones ideales de multiplicación de los grillos, para escuchar el coro, transportarse a tiempos idos, o mirar los ojos emocionados de Javiera, son la humedad, vegetación, donde ellos realizan pequeñas cuevas o albergues. La intimidad, los cantos, los huevos van siguiendo ese ciclo, informado por millones de generaciones. Así llegan las pequeñas ninfas, unos micro grillos, que lentamente van completando la leyenda, paso a paso se van despojando de sus membranas y alcanzando portes mayores. Seis veces consecutivamente van encontrando el tamaño definitivo hasta ver la madurez total en el séptimo paso, que incluye la aparición de las alas y órganos sexuales.
No se trata de leyendas, ni cuentos del campo. En los bosques húmedos de nuestro sur habitan entre la numerosa fauna de insectos los grillos camello, con su clásica joroba en la espalda, arrastrándose entre la hojarasca y troncos en descomposición. Posee unas intimidantes antenas, que sigilosamente mueven en todas direcciones, interactuando con el medio, pues dichos gigantes carecen de audición, de esa manera se defienden de posibles depredadores, también ubican sus presas y se mantienen en alerta “por si las moscas”. Su nicho son las noches y cual beodos seres, contribuyen a ser la voz nocturna del bosque.
Si hay alguien que ha mantenido los buenos modales y caballerosidad con sus parejas en este mundo, es el grillo, no sólo porque se esmera en un interminable movimiento alar, invitándolas a sus madrigueras, pues además transportan los huevos, las protegen y a través de sus antenas, detectan cualquier peligro y ubican las comidas. Así son los grillos, eternos, adorados por culturas del oriente y serenos acompañantes de noches largas de insomnios o de juergas, de esas que aparecen de tarde en tarde.
Avanza el verano, más rápido de lo deseado, mi hija Javiera, lentamente ya prepara sus maletas, con destino de vuelta a Madrid, una urbe llena de retos y metas por conquistar. Llega la tarde fresca, no hay espacios para melancolías, tal vez, la única aceptable es el canto de los grillos, los que, siendo mudos, son capaces de elaborar las charlas más características del campo querido. La mochila, ya está lista, el embarque muy cerca, mas ese cri-cri-cri, interminable, nos mantendrá unidos, cada tarde y cada noche, mientras queramos escuchar o imaginar la mágica estridulación.
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