Hubo un tiempo en que los patos eran parte inseparable de la vida campesina, ya que andaban por los patios, buscaban el agua en pequeñas lagunas y se arrimaban a las casas donde siempre había algún grano de maíz que recoger. Eran aves de crianza antigua, de esas que acompañaban la vida cotidiana y pasaban de una generación a otra, como tantas costumbres que hoy sobreviven en los recuerdos.
En los años sesenta, Luis criaba sus patos gritones. Tenía pequeñas lagunas donde las aves encontraban su lugar y un techo de zinc oxidado donde se secaban las corontas de choclo. Aquella estampa tenía algo de la antigua economía campesina: nada se desperdiciaba y hasta los restos de la cosecha podían terminar alimentando a los animales del patio.
Muchos años más tarde, junto a la ribera del Aconcagua, conocí a la abuela Ana. Era una mujer de pelo cano, espalda curvada y mirada sabia, curtida por una vida de esfuerzos. Criaba patos y cerdos en un campamento precario, mientras sus hijos y nietos trabajaban como areneros del río. En aquella mujer había una vitalidad serena, una dulzura que no parecía vencida por las dificultades.
Sus patos gritones tenían unos reproductores tremendos, machos territoriales y dueños de la bandada. Con sus picos fuertes y caras rojas imponían respeto, mientras el negro tornasolado de sus mantos contrastaba con el blanco de sus vientres. Eran aves de presencia inconfundible, que se hacían sentir a gritos y defendían su pequeño reino junto a las aguas del Aconcagua. Bastaba verlos para comprender que allí mandaban ellos.
Mi encuentro con la abuela Ana ocurrió cuando fui a comprarle una chancha. Su hijo la trajo en una carretela tirada por dos caballos colorados. Al momento de bajarla, el animal casi me dio un mordisco con su enorme hocico. Son escenas que quedan guardadas en la memoria, porque la crianza campesina también tiene su cuota de porfía, fuerza y animales que hacen valer su carácter.
Entre 2010 y 2020, los patos también tuvieron su lugar en la Eco Granja, junto a un pequeño tranque de la ribera norte del Aconcagua. Allí criamos una bandada que encontraba en el agua su espacio natural. Los patitos recién nacidos necesitaban protección: las aves rapaces y los roedores acechaban a los más pequeños, por lo que había que resguardarlos hasta que pudieran desenvolverse con mayor seguridad. Pero los patos tenían sus propios planes. Más de una vez los vi levantar el vuelo y atravesar sin dificultad los treinta metros de ancho del Aconcagua, rumbo a la ribera opuesta, donde estaba la bandada de la abuela Ana. Fue Juan Diablo, arenero del río y conocedor de aquellos parajes, quien me avisaba de sus escapadas. Para aquellas aves, el río no era una frontera, sino apenas un trecho de agua que había que remontar con un par de aleteos.
En esa historia también estaba Lobito, trabajador de la Eco Granja y amigo de Juan Diablo. Llegaba muy temprano, recorría los nidos de las patas, recogía las crías recién nacidas y las llevaba a pequeñas pateras levantadas del suelo. Año tras año traía nuevos reproductores de la crianza de Nelson Muñoz, de San Vicente. Lobito recuerda aquellos años como una de las mejores etapas de su vida, entre corrales, graneros y bandadas que requerían atención desde las primeras luces del día. Había en él una verdadera pasión por la crianza, un cariño por las aves que se expresaba en cada tarea. Hay trabajos que terminan cuando uno se marcha, pero otros permanecen para siempre en el recuerdo.
Hoy, al recordar los patos gritones de don Luis, la bandada de la abuela Ana y las aves que criamos en la Eco Granja, descubro que el pato casero también pertenece a nuestro patrimonio rural. Cambian los años, cambian los patios y las formas de criar, pero permanece esa antigua compañía entre el campesino y sus animales. Y junto al Aconcagua, donde el agua sigue buscando su camino, todavía parece posible escuchar el griterío de una bandada que se resiste a abandonar la memoria del campo.
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