Era fines de los ochenta y la frontera norte nos reunía en distintos puntos del territorio. Cuya, Chacalluta, Visviri, Chungará y tantos otros lugares cuyos nombres, para quienes trabajamos allí, terminaron formando parte de nuestra geografía. Los nombres y apellidos, como Mamani, Quispe, Condori o Huanca, se metieron en nuestras conversaciones, cómo si los antepasados aimaras hubiesen estado siempre a nuestro lado.
Las funciones fiscalizadoras de Aduanas y SAG, se convertían en entrañables jornadas después de permanecer en largas comisiones de servicio, lejos de nuestros hogares. Los recuerdos junto a Nelson Ortega Casanova nos llevan a un territorio tan particular cómo inolvidable: el tren que unía Tacna con Arica.
En aquellos años, interceptábamos el convoy en el cruce hacia Chacalluta. La escena tenía algo que parecía sacado de una película de oeste norteamericano: cuando el tren se acercaba, aparecían las banderas rojas con las que indicábamos al maquinista que debía detenerse.
Y entonces se iniciaba la verdadera función. Apenas el tren empezaba a perder velocidad, por las ventanillas de los carros comenzaban a volar sacos y bultos. Algunos pasajeros intentaban desprenderse rápidamente de aquellos productos que no debían ingresar a Chile. Los sacos caían junto a las vías, mientras los funcionarios corríamos tras ellos.
La vida continuaba sin saber en ese tiempo que una transición esperaba: del tren detenido en el desierto a los vehículos detenidos frente a la cordillera.
El desierto quedaría atrás para ambos, pero los valles de Lluta, Azapa y Codpa permanecerían para siempre en la memoria. A fines de los años noventa nuestros encuentros en la frontera andina eran memorables. Podemos hablar de una aduana antigua, más cercana, donde los usuarios tenían nombre y apellido, donde los colegas quedaron como tatuajes de época.
Tardes de invierno, viento blanco incluido y la voz rasposa de Manuel Bastías vociferando de manera inentendible que “no hay stock”. Nelson lo miraba incrédulo y movía la cabeza, cómo pensando que el colega estaba delirando.
Eran años de desafíos. Una frontera difícil, no solo por las condiciones climáticas, sino también por el incremento del comercio internacional. Año a año aumentaba significativamente el número de transportes, mientras nuestros controles enfrentaban serios déficits de infraestructura.
Recuerdo muy claramente que, en las reuniones complejas, siempre estaba Nelson Ortega, representando su servicio. Tenía una fortaleza muy especial, sabía quién era quién entre los funcionarios de los distintos servicios, conocía a los auxiliares, a los carabineros, a los transportistas y a tantos otros que formaban parte de aquella enorme cadena humana que hacía funcionar la frontera.
Un quince de septiembre de 1976, Nelson abrazaba la carrera aduanera, luego de haber estudiado en el comercial de Los Andes. Estamos a pocos días de que cumpla el medio siglo de trabajo. Una fotografía aparecida en Instagram, junto a colegas y doña Edith Quiroz, daban cuenta de ese significativo hecho. También nos hace reflexionar de que el tiempo no se detiene. Lo importante es haberlo aprovechado y obviamente seguir haciéndolo, hoy desde la tranquilidad de su hogar.
Si tuviera que definirlo, diría que Nelson es la voz de la experiencia. Con los años, esa voz comenzó a adquirir otro peso. Seguramente Nelson recuerda nítidamente cuando distribuía el turno de trabajo y enviaba a la barrera Caracoles a Abrahan Subiabre; a caja de recaudación, a Martina Plaza; al sector camiones, al incombustible inspector Elías Gómez; como segundo jefe Alejandro Rojas, y tesorero Juanito Salinas.
Eran años muy distintos. No había turnos de noche, lo que acrecentaba la convivencia con los demás servicios. Allí, algunos personajes importantes llegaron a convertirse en leyendas de montaña: el suboficial de Carabineros conocido como “Tío Lucho” y el inigualable Juan Contreras de Peajes.
Tabolango todavía conserva algo del ADN del campo del 1800: una calle estrecha, con curvas, antiguos portones de madera y construcciones de adobe que sobreviven entre las nuevas parcelas de agrado. Allí, junto a Ximena y sus hijos, visitando a sus suegros Margarita Valdés Muñoz y Carlos Quiroga Navarro, aparecía otro Nelson. El horno de barro, las empanadas, el caballo ensillado junto a un viejo ciruelo, las gallinas escondiendo sus huevos en tiempos de cloques y los perros echados junto al corral, mirando de reojo los terneros torunos, eran parte de ese mundo campesino que disfrutaba.
Porque en la frontera también quedó grabada otra imagen suya. Cuando alguien cometía un error, aparecía inmediatamente aquella expresión tan propia: “Peroooo, ¿cóooooomo?”, mientras se agarraba la cabeza, entre la sorpresa y la incredulidad. Después volvía el funcionario de carácter firme, pero siempre cercano a las personas. Quizás por eso, después de cincuenta años de servicio, cuando Nelson habla de la frontera, los demás escuchan: no solo conoce los procedimientos, conoce a quienes hacen posible que la frontera funcione.
El tiempo pasa y Nelson sigue refugiándose en aquel campo antiguo, recorriendo en la memoria los mágicos momentos en que conoció a Ximena y, casi tímidamente, comenzó a llegar a Tabolango. Allí, entre corrales, caballos y tradiciones, fue entrando poco a poco en una familia que también tenía su propia historia ligada al rodeo. Difuminadamente aparece el patriarca Lucas Valdés, junto a sus hijos Nicanor y Eduardo, como esperando a la puerta de aquel mundo corralero que Nelson comenzaba a conocer. Y más adelante, como al aguaite, aparecen los recordados Juan Carlos Villarroel (Q.E.P.D.), junto a Mauricio Villarroel, compartiendo esa antigua manera de vivir el campo, donde el rodeo no era solamente una fiesta, sino parte de la vida cotidiana y de la identidad familiar.
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