Hay un momento, camino a la cordillera, en que el valle de Aconcagua parece cambiar de ánimo. Después de dejar atrás Los Andes y avanzar hacia el oriente, las montañas comienzan a acercarse y el espacio se hace más estrecho. El río, que parece tener la libertad para extenderse por el valle, encuentra aquí un paso más apretado entre las laderas. El paisaje pierde amplitud y gana profundidad. La cordillera empieza a dominarlo todo.
Es la Puntilla del Viento.
El nombre parece haber nacido del propio paisaje. Allí el Aconcagua se abre paso por una angostura natural, en un sector precordillerano situado a unos 970 metros sobre el nivel del mar. No hace falta demasiado esfuerzo para imaginar por qué, hace muchos años, alguien pudo detenerse a mirar esas montañas y pensar que aquel lugar tenía algo distinto. El río corre abajo, contenido por la propia forma del valle. A ambos lados, las laderas parecen acercarse lo suficiente como para insinuar una barrera. Y hacia atrás, aguas arriba, la geografía vuelve a abrirse.
En conversaciones con Raúl Quiroz Galadames, jefe de la oficina sectorial del SAG de Los Andes, caminábamos la zona a principios de los años noventa. Recuerdo sus relatos sobre el proyecto del embalse de Puntilla del Viento. Apenas habían transcurrido unos veinticinco años desde que él mismo había recorrido el cajón junto a un grupo de geólogos, encargados de evaluar la calidad de la roca. Los primeros resultados eran auspiciosos, tanto que se inició una serie de obras que, con el paso del tiempo, quedarían allí como mudos testigos de un anhelo andino: levantar un gran embalse para nuestra provincia.
Se sentía un ambiente diferente en el valle a principios de los años setenta. Grandes extensiones de secano se aprestaban a beber los primeros sorbos de la gran represa. La geotecnia y un lenguaje hasta entonces desconocido se apoderaban de las conversaciones de agricultores, ganaderos, gente ligada a la hotelería y el turismo, además de las autoridades. Los viajeros del Trasandino imaginaban idílicas postales al contemplar algún día un volumen de agua de 150 millones de metros cúbicos. El eje previsto para el muro, precisamente en la estrechez denominada Puntilla del Viento, ya comenzaba a hacerse realidad: las excavaciones en la roca. Los llamados escarpes, dibujaban una barrera que parecía no tener vuelta atrás.
Un memorable discurso del diputado Ernesto Iglesias daba cuenta de que, ya en 1968, el ministerio de Obras Públicas y Transportes había aprobado el proyecto destinado a regar toda la cuenca del Aconcagua. Se iniciaban así las excavaciones para construir un túnel de desviación del río, además de las variantes necesarias para el Ferrocarril Trasandino y la Carretera Internacional, pues ambas vías interferían con el futuro embalse.
Sernageomin señala que en 1979 ya existía un levantamiento geológico detallado y que se había comenzado la construcción de un túnel de desvío por la ribera izquierda, además de un paso sobre nivel para la línea férrea. Definitivamente, los antecedentes existen y permanecen relativamente cercanos en el tiempo; quizás por eso nuestra memoria colectiva aún conserva tantos recuerdos de aquel gran proyecto que parecía destinado a cambiar para siempre el paisaje y el destino del valle.
El tranque, sin embargo, nunca llegó.
El proyecto atravesó sucesivas dificultades técnicas, económicas, geológicas, ambientales y sociales; pero la verdadera naturaleza del problema geológico parece haber adquirido especial importancia en las evaluaciones posteriores.
El geólogo Estanislao Godoy, en un trabajo sobre Puntilla del Viento, señala que los primeros estudios se remontan precisamente a 1979, plantea posteriormente una cuestión que no había sido considerada en aquellos estudios geotécnicos: la angostura misma de Puntilla del Viento podría corresponder a una antigua gran remoción en masa. Además, identifica una estructura local que denomina Falla Puntilla del Viento, situada al oeste de la angostura, y la relaciona con el Sistema de Fallas de Pocuro, ubicado aproximadamente a 2 kilómetros más al oeste.
Raúl Quiroz Galdames -que se fue hace algunas temporadas, a los 96 años- fue un colega que me enseño los primeros pasos de la Puntilla del Viento, miró el camino, el río, las laderas y aquellas estructuras que quedaron a medio camino entre lo que fue y lo que nunca llegó a ser.
Antes de que alguien imaginara un embalse, antes de que los ingenieros dibujaran un muro de más de cien metros de altura, antes de que aparecieran túneles, variantes de caminos y cambios en el trazado del Trasandino, ya estaba allí, y sigue aún esta angostura del río Aconcagua, apretando el valle entre la montaña y el agua.
|