Cuando se habla sobre cuidar nuestro cerebro, suele recomendarse dormir mejor, realizar actividad física, tener una alimentación balanceada o evitar el consumo de alcohol y drogas. Todas estas acciones son importantes. Sin embargo, pocas veces se habla de un factor que también es clave para la salud cerebral: la calidad de los vínculos.
Hoy este tema adquiere mayor relevancia, especialmente en sociedades donde la soledad se ha vuelto una experiencia cada vez más frecuente. No se trata solo de sentirnos sin compañía, ya que el aislamiento puede afectar la calidad de vida, aumentar el riesgo de depresión, deterioro cognitivo y demencia.
En ese contexto, no es casual que países como Reino Unido y Japón hayan impulsado respuestas públicas frente a la soledad. Ambos casos nos muestran que esta dejó de entenderse solo como una experiencia individual y comenzó a verse como un desafío de salud pública, en un escenario donde cada vez más personas, incluyendo jóvenes, adultos y adultos mayores, reportan sentirse solas.
Por eso, hablar de salud cerebral no puede limitarse solo a lo que cada individuo hace por sí mismo. También implica preguntarnos qué tan presentes estamos para otros, qué espacios existen para encontrarnos y cómo favorecemos que las personas puedan seguir participando en la vida familiar, social y comunitaria.
Pensemos en hábitos que se han ido perdiendo con el tiempo: visitar a un familiar, conversar con un vecino, llamar por teléfono a alguien que vive solo o participar en alguna actividad con la comunidad. Pueden parecer gestos simples, incluso cotidianos, pero no son menores. A veces estas acciones permiten recordarle a una persona que sigue siendo vista, comprendida y que forma parte de la sociedad.
Quizás una de las paradojas de nuestro tiempo es que nunca había sido tan fácil contactar a alguien y, al mismo tiempo, tan necesario preguntarnos por la calidad de esos vínculos. No se trata solo de sumar interacciones, sino de reconocer que la salud también se construye en la posibilidad de sentirse parte, ser escuchado, mantener conversaciones significativas y contar con alguien a quien recurrir.
Cuidar el cerebro no ocurre únicamente en los controles médicos, en la alimentación o en la actividad física. También recae en una llamada, una visita, en esa conversación pendiente o en espacios que permitan volver a encontrarnos con otros de forma significativa.
Tal vez una de las formas más simples de cuidar nuestro cerebro sea también una de las más olvidadas: recordar que, antes que individuos aislados, somos seres que necesitan cercanía, contacto y compañía.
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