Viernes, 10 de Julio de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Bodega Briones: donde fermenta la memoria del Cariño. Capítulo I.

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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La bodega luce como hace más de cien años, con aromas saliendo de lagares y vasijas de barro, con silencios y bullicios, con miradas antiguas que nos llevan a los fermentos alcanzados por los pueblos originarios de América. Estamos en Cariño Botado y sus nostalgias históricas, piedemontes que nutren parras y manos que siguen labrando la tierra con azadones de antaño.

Buscamos encontrar huellas de tres generaciones pasadas y como la han recibido los hermanos Ahumada, quienes son los actuales corredores de una posta familiar que no puede detenerse.

Desde hace un tiempo María José Irarrazabal me comentó lo interesante que seria hurgar en los secretos de bodega Briones y los misterios de mujeres como Isolina y Margarita de los Ángeles, cuya presencia aún la perciben algunos trabajadores, acrecentando el mito.  María Cecilia Bianchini ha crecido en sus alrededores y también ansiaba una crónica de Costumbrismo Rural al respecto.

Mirando su sitio electrónico y viendo lagrimas de barro en sus vasijas, tal como lo muestra la fotografía, no pude resistirme a buscar su historia, orígenes, muros, vigas y acercarme a conocer los hermanos a cargo del legado. Ya estamos llegando, es un sábado frío de julio y entramos a develar mitos y verdades.

La puerta se abre y nos recibe Orlando y Rodrigo, más tarde se incorpora Macarena. Los caminos parroquiales de los hermanos nos llevan a los orígenes de la bodega…a esos campos de arrieros, carreteros y herreros, cuando los canales de los incas y picunches eran complementados para llegar a empastadas, cultivos y viñas. Las partidas de nacimiento y certificados de defunciones nos permiten situar en la historia las vidas de José Tomás Briones (1835-1911) y doña Ángela Villalón (1861-1943), los bisabuelos que pusieron las primeras plantas de país, moscatel y torontel…Los que levantaron los muros de tapia, adobe y adobón, en pleno valle de Cariño Botado.

Cuando el siglo XX apenas despertaba sobre el valle de Aconcagua, una uva madura ya anunciaba inicios de otoño. Entre acequias, álamos y caminos de tierra, la familia Briones comenzaba a escribir una historia que, más de un siglo después, seguiría respirando entre los viejos muros de adobe y techos de paja de una bodega levantada con ingenio, paciencia y esperanza. Hoy entramos a esa añosa bodega de origen, con sus vasijas de barro y espumadores de cobre, con estrujadoras de uvas, prensas de husillo y lagar de maderas, donde se podía percibir el aroma moscatel. Un portón de madera vieja donde se leía “Vino de Misa”, con una perfecta caligrafía cuyo autor se perdió en el tiempo, pero que podría ser de Isolina o Margarita de los Ángeles.

No fue hasta 1930 que el hijo Darío Briones Villalón (1897-1954), inserto en ese mundo de hacienda con talabarteros, molineros, cantores a lo divino, mujeres encargadas de la casa, la huerta y elaboración de chicha, que resuelve darle un reimpulso a la bodega, llegando a producir la mejor chicha y chacolí del Aconcagua. Su mujer doña Isolina Covarrubias (1906-1981), luego del fallecimiento de Darío se hizo cargo de la bodega, aquí encontramos una verdadera matriarca, que recorría el galpón, sentía el borboteo y descanso de los mostos, sin desmayar, ni siquiera cuando llevaba en sus brazos a los pequeños Margarita, Gloria y Rubén. Aun se conservan en el subterráneo ropones y monturas de mujer, utilizados en su cabalgadura a pierna cruzada, cuando los cascos resonaban a la entrada de la querencia.

La bodega llama al silencio y reflexión, despierta la atención una pequeña ventana sin cristal con barrotes patinados por el correr del tiempo. Quizás fue construida simplemente para ventilar la bodega y permitir que el aire fresco acompañara la lenta transformación del mosto, pero después de tantos inviernos ha adquirido otro significado. Imagino a doña Isolina detenerse y mirar la entrada de los primeros rayos del sol, recibir el aroma de las parras de primavera, el calor del verano y el frío que anuncia una nueva cosecha. Si bien las barricas han guardado el mosto, los hombres y mujeres el oficio, ha sido esa pequeña ventana la que, callada, guardó el paso del tiempo.

José Tomás y Angela iniciaron el legado, los pisos gastados de la pista, hoy llamada glorieta, al centro del patio, nos habla de esa relación familiar, recepciones de parroquianos, clientes y esos vecinos que han marcado épocas. La verdadera herencia no ha sido una bodega, sino una forma de entender la vida: el trabajo, la familia y la tierra.

Con la partida de doña Isolina Covarrubias, en 1981, concluía una de las etapas más fecundas de bodega Briones, pero las historias familiares no terminan con la ausencia de quienes la forjaron. Permanecen vivas en las manos de quienes aprendieron el oficio, en las costumbres transmitidas sin palabras y en la voluntad de preservar aquello que da sentido a una herencia. El legado encontró continuidad en Margarita Briones Covarrubias y con ella se inicia una nueva etapa. Cambian los tiempos, aparecen nuevos desafíos, pero el aroma del mosto sigue recorriendo los muros centenarios.

 La pequeña ventana sigue dejando entrar la luz de cada amanecer, en ese silencio de la bodega parecen escucharse las voces de quienes hicieron de este lugar mucho más que un espacio de trabajo… una verdadera querencia para la familia Briones.

Nota: próxima semana un nuevo capítulo de la memoria de Bodega Briones…


 
 
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