El cierre inflacionario de 2025 entrega una señal poco habitual para la economía chilena: alivio. El último registro del Índice de Precios al Consumidor confirma que el proceso de desaceleración de precios no solo continúa, sino que se consolida. El dato de diciembre sorprendió al mercado y permitió que la inflación anual terminara en 3,5%, el nivel más bajo desde 2020 y un quiebre claro respecto de los años marcados por presiones inflacionarias persistentes.
Este resultado no se explica por un solo factor ni por ajustes puntuales. Por el contrario, refleja una moderación relativamente generalizada en rubros clave para el presupuesto familiar. Vestuario, calzado y alimentos mostraron retrocesos relevantes, apoyados por la estacionalidad y una normalización progresiva de las cadenas de precios. A ello se sumaron bajas significativas en algunos servicios asociados al transporte, que compensaron presiones puntuales al alza propias del cierre de año.
Más allá del IPC total, la señal más relevante proviene de la inflación subyacente, que cerró por debajo del índice general. Este elemento, muchas veces relegado en la discusión pública, es clave para interpretar la trayectoria futura de los precios. Cuando el componente menos volátil se modera, el mensaje es que la economía está dejando atrás presiones inflacionarias de carácter estructural, no solo transitorio.
En este escenario, el rol del Banco Central resulta central. La política monetaria, implementada de manera autónoma y con un alto costo en términos de actividad durante parte del ciclo, comienza a mostrar resultados consistentes. Las proyecciones apuntan a que la inflación convergerá hacia la meta del 3% en el corto plazo, antes de lo previsto originalmente, lo que abre espacio para una discusión más equilibrada entre estabilidad de precios y dinamismo económico.
También han contribuido factores externos y domésticos: una moneda más apreciada, mejores términos de intercambio, precios energéticos contenidos y la normalización de tarifas que habían generado distorsiones en períodos anteriores. Todo ello configura un entorno que, sin ser exento de riesgos, permite mirar el escenario inflacionario con mayor cautela que en años recientes.
Con todo, sería apresurado hablar de victoria. Para muchos hogares, el daño acumulado por la inflación sigue presente y el alivio no se percibe de inmediato. El desafío hacia adelante es consolidar esta estabilidad y evitar retrocesos, especialmente en un contexto internacional volátil.
2025 cierra dejando atrás la urgencia inflacionaria más aguda. Si esta tendencia se sostiene, 2026 podría ser el año en que la inflación deje de ser el principal problema económico y permita reenfocar el debate en crecimiento, ingresos y bienestar. Ese, más que cualquier cifra, será el verdadero indicador de éxito.
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