Miercoles, 24 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Educar desde la naturaleza: una urgencia ambiental y pedagógica

Por Javiera Rojas.

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En el marco del Día Mundial del Medioambiente, es oportuno reflexionar sobre uno de los mayores desafíos de nuestra época; reconectar a las nuevas generaciones con su entorno natural, para garantizar —o al menos intentar— un futuro sostenible.

En tiempos de crisis climática, pérdida de biodiversidad y creciente desconexión con la naturaleza, la educación ambiental se vuelve más que una opción: es una necesidad urgente. No se trata solo de enseñar a reciclar o clasificar nuestra basura. Hablamos de formar a niños, niñas y adolescentes capaces de comprender los desafíos ecológicos que enfrentamos como sociedad y, al mismo tiempo, de estar preparados para asumir un rol activo y comprometido en la protección de la naturaleza.

Educar al aire libre es una herramienta poderosa para despertar esa conciencia ambiental. Recuperar nuestros espacios naturales y vincularlos al proceso educativo no solo enriquece el aprendizaje a través de experiencias sensoriales directas, sino que también fortalece el vínculo emocional y ético con nuestro entorno, junto con generar un sentido de responsabilidad hacia el medioambiente.

Esta conexión genuina, con los espacios que nos rodean, es fundamental para formar personas más comprometidas con el medioambiente. Cuando un niño o niña conoce por sí mismo las plantas nativas, observa el ciclo de vida de los insectos o comprende cómo funciona un ecosistema, desarrolla un sentido de pertenencia y cuidado que difícilmente se logra, frente a un pizarrón o pantalla, en la sala de clases. 

La educación ambiental debe estar integrada de forma interdisciplinaria en todas las asignaturas. No debería ser un contenido aislado ni una actividad opcional, sino un eje transversal del currículum escolar de nuestros niños. 

La naturaleza es, en sí misma, un aula viva. En ella aprendemos a observar con atención, a hacernos preguntas, a maravillarnos ante su complejidad. Nos invita a ser parte de sus ciclos, a entender que no estamos por encima de ella, sino dentro de un ecosistema del cual dependemos. El aprendizaje experiencial que ofrece el contacto directo con la naturaleza desarrolla capacidades que van más allá de lo cognitivo; fomenta la empatía, la paciencia y la capacidad de asombro, cualidades que se hacen esenciales para enfrentar los desafíos ambientales actuales.

Revalorizar la naturaleza, como espacio de aprendizaje, debe ser la base sobre la cual formemos generaciones capaces de cuidar lo que nos queda y, además, de recuperar lo que hemos perdido. 


 
 
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