Viernes, 24 de Mayo de 2024  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… La Uva Tonta

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Si caminas las intrincadas calles de Valle Alegre, si pasas por los patios de Bucalemu, o recorres las vueltas de Condoroma, es muy seguro que aún encuentres las cuelgas transparentes de gajos empepados de uva tonta. No quiero dejar atrás la calle Roma, por allá en Cariño Botado, donde chichas y mistelas renombran bodegas de los Zelaya y Briones. Otoño es una buena época para buscar esas parras que libres se encaraman sobre las acacias y doradas nos miran, como recordando que son testigos privilegiados de los andares andinos, de las historias campesinas o galopes pesados de percherones idos.

Rosita Rodríguez, guarda en su patio colonial de Tocornal, cepas antiguas, amarillentas, verdosas y cristalinas, unas que recuerdan la mano de su padre Alejo Rodríguez, que en el antiguo 1900 manejaba lagares y más de algún destilado. Su portón de dos hojas añosas, conservan las entradas y salidas de los grandes vividores andinos, de esos que, como don Tato Lepe, dejaban tiempo para agradecer la vida y degustar la amistad. Hace algunos años su corredor de abril embriagaba el alma con olores de uva tonta, ensamblada con variedades de época, qué escondidas en tinajas tapadas con barro, esperaban la madurez que controlaba la maestra.

Un joven agrónomo aconcagüino llamado Roddy Celedón, se ha interesado en el tema del rescate de variedades antiguas de vides, las tontas y otras, herencia de un pasado lento y cariñoso de los caminos de Bucalemu. Además de las uvas de casa, dice que la pastilla y ribier, califican como vides antiguas y como no serlas, de inmediato se recuerdan los racimos corridos de moscatel y el tinte azul silvestre de las dulces y crocantes ribier. Ha sido un tiempo largo, de construcción de su casa, mas el jardín de variedades de uvas antiguas, continúa en paralelo, en pequeña escala, pero con un paso seguro. Su norte siempre ha sido tratar de encontrar la cepa de origen del valle.

Respecto a la cepa más antigua del Aconcagua, sin duda deberíamos remontarnos a los frailes españoles que llegaron en el siglo XVI, a los dameros coloniales que fueron formando Santa Rosa de Los Andes, a los chicheros y destiladores, que con rudimentarias bateas, lagares y filtros alegraban el espíritu. A las cepas francesas de 1900 o a la llegada de los Peppi desde allende Los Andes. Sin lugar a dudas nuestro joven ingeniero tiene bastante trabajo, por delante. Por el momento le podría dar un pequeño dato, en el patio del ex restaurant “Chile Mex “, de La Florida, San Esteban, existe una parra de tronco bastante considerable, que desafía investigar su data.

La explicación del nombre, de esta antigua cepa de casa, la tiene Rosita Rodríguez, quien, con mucha convicción, hace un armonioso relato del desarrollo fisiológico del racimo. Sin ser bióloga, va descifrando cómo los niveles de hormona, que sustentan sus semillas alcanzan un nivel límite, donde ya no se puede detener y los granos maduros, dorados y blandos van desprendiéndose irremediablemente del pedicelo, dejando los raquis desnudos. Ese proceso del desgrane en cascada, sin ninguna firmeza, se asimila al nombre de “uva tonta”, por su irremediable caída.

Esto de hurgar en la antigüedad de las uvas, lo ha realizado el mundo del vino y su ruta la ha rescatado nuestro Aconcagua, disponiendo de un relato de valles, cordillera, quebradas, petroglifos, cepas antiguas, francesas y alta tecnología. Sin embargo, el valle de Itata, a través de la hacienda Cucha Cucha trabaja en guiar a los productores locales para posicionarlos en el lugar que tuvo hace 300 años. Volver al origen, es la consigna, mostrando las cepas patrimoniales (país, moscatel y cinsault). Las originarias traídas por los jesuitas hace tres siglos, crecen como zarzamora, en condiciones de secano, dando identidad a Chillan, Quillón, Ránquil, Portezuelo, Trehuaco y Coelemu.

Hace poco tiempo conocí un proyecto que se lleva a cabo en un mercado en Tobalaba, región metropolitana, donde cooperativas agrícolas, las que aún han logrado subsistir, han iniciado la comercialización de sus productos. No son productos agrícolas comunes, son los que trasmiten una historia, son los de origen, ancestrales, campesinos. Perfectamente Roddy Celedón podría llegar al MUT (Mercado Urbano de Tobalaba), con sus uvas de origen, la tonta incluida, destacando sin duda y ayudando a su lema “sostenible como medio de vida”. Esperamos que los senderos de Bucalemu, sean testigos de futuros proyectos.

Está demás decir que nuestro país, se encuentra presente en las vitrinas del mundo, en los anaqueles inimaginables y en los museos más importantes del vino. Ya no quedan estrellas por conquistar y los terroir, microclimas, enólogos y tecnología tradicional y moderna, se toman los títulos. Renombrados valles se han posicionado, mas las características de aislamiento de nuestro país y su tradicional política de cuarentena llevaron a la cepa carmenere, la cual entró unos diez años antes que las vides europeas colapsaran por un pequeño insecto llamado “filoxera de la vid”, a creerse desaparecida del país, por más de cien años, sin embargo, en la década del 90, se le redescubre, como si fuera un agujero oscuro de la galaxia.

Las crónicas de Costumbrismo Rural en el valle del Aconcagua, han tratado de mostrar las bondades del mundo campesino material e inmaterial. Investigaciones bibliográficas de otras latitudes, insisten en que la única vía de sobrevivencia de estos hechos, es incorporarlos en el tramado comercial. Sin estar tan seguro de esta máxima, creo que hoy existe una oportunidad con el MUT, u otro mercado de similares características. El gerente de las Cooperativas campesinas del país, don Juan Francisco Serón Leiva, se comunicó con nuestra columna para solicitar productos tradicionales.

Sólo a “vuelo de pájaro” se me están ocurriendo unas mieles de cristal de Foncea, unos huevos verdes azulados de Las Compuertas, las paltas morenas sabrosas de El Llano, blanquillos abrileños de Condoroma, chocleros tardíos de San Vicente, ilustraciones de V. Rosende, unas empanaditas de Rosita y obviamente las uvas tontas de Bucalemu.


 
 
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