Viernes, 19 de Abril de 2024  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Don Espino…

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Llega hasta la media falda de los cerros de la zona central, suelta sus frutos a las ovejas caminantes, abriga con aguzadas espinas a tórtolas enamoradas, como también a cachuditos temerosos. Fertiliza praderas sin que se lo pidan, sus raíces se asocian a microorganismos mágicos para captar el nitrógeno de suelo y transformarlo en vida vegetal. Continuamente talado, sigue resistiendo dichos embates, originando renuevos, más verdes, a pesar de la sequía.

En la estepa mediterránea de nuestro ambiente ha sido protagonista a través de la historia. Con seguridad la razia a que ha sido sometido, no se habrían producido si se tuviera conciencia de su importancia. Sin embargo, estoico y resiliente alza sus copas para proteger con su proyección, un halo de praderas que subterráneamente han sido abonadas. Increíblemente, es responsable de fortalecer esas cañas de gramíneas silvestres y posteriormente ampararlas del sol inclemente.

Los primeros asentamientos de indígenas en el Aconcagua utilizaron los gruesos espinos para calefacción, temperando sus rucas luego de temporales cuyas gotas rebotaban hasta 30 centímetros de altura. Cocinando los animales y aves de caza, producto de esas fructíferas salidas a base de flechas envenenadas con frutos de Colliguay. Fuego para cocer las cerámicas de los picunches, que posteriormente comercializaban con los huarpes del valle de Cuyo. El tiempo pasaba y los campesinos cortaban los maderos que servían de postes para alambrar los potreros.

Destacados docentes de la Universidad de Chile, Alfredo Olivares y Mario Silva, explicaban las bondades de “don Espino”. Siempre con una visión integral de la producción animal, recomendaban realizar una poda en copa, favoreciendo que los vacunos pudieran sestear y sombrear, dejando sus heces como ayuda extra, en la fertilización. Su tronco rugoso y grueso ayudaba como rascador natural, expulsando de esa manera pequeños ectoparásitos o simplemente para lograr un ambiente que mejoraría el bienestar animal.

Los recuerdos viajan a la década del sesenta, cuando una vaca overa colorada era amarrada y maneada a un viejo tronco, ya sin espinas, de tanto lidiar a diario. Doña Raquel, sagradamente a las siete de la mañana, soltaba el ternero encerrado desde la tarde anterior, para que la madre juntara leche. Se escuchaba claramente el ruido de las glándulas que soltaban los chorros para que se alimentara la cría. Ese tronco era como que hubiese crecido para esa función, no desteñía nunca, ni crujía ni ladeaba, firme en esa labor. Don Espino de la ordeña, recuerdos imborrables.

El siglo XX, se caracterizó por la calefacción a leña o carbón. Durante décadas, hasta alrededor del 70, en los barrios de la capital y demás ciudades abundaban las carbonerías, bodegas que acumulaban alzadas de sacos con el producto, amén de un rincón a granel, con los carbonizados palos de espino que eran recogidos con una poruña y pesados en una balanza pata de gallo. Grandes hornos en los campos, abastecían estos locales, contribuyendo de esta manera a la calefacción de los hogares, especialmente humildes, pero también a la gran contaminación ambiental y agotamiento de este tipo de bosque.

La primavera rompe su monotonía, un tanto gris en el invierno, su floración amarilla en glomérulos abundantes, invitan a un sinfín de insectos y especialmente a las abejas que, con su inteligencia superior, recogen el polen para llevarla a los panales. El aroma atrae esa loica cantora, a la diuca perdida y al cernícalo cazador, posiblemente a extraer sus propiedades antibióticas y curativas. Los ramilletes hacen fuerza para que los haustorios parásitos de los quintrales no se instalen, y muestren también su fosforescente y atractivo bermellón.

Las cercas con ramas de espinos eran un paisaje natural en los campos de la zona central, atrapadas en cuatro hebras de alambre, cumplían la función de delimitar y contener ganado menor. Historias convertidas en leyenda, venían de los nidales de huevos que ponían las gallinas camperas. A diario se buscaban esos nidos anunciados por los cantos entusiastas de las criollas. Se creía que la figura del chercán, habitante de esas cercas, comunicaba la presencia de las culebras, quienes estaban ávidas de cosechar las posturas tan apetitosas.

Don Espino, cumple un papel fundamental en el bosque esclerófilo, es el primero en colonizar posterior a un incendio. Da cobijo gracias al microclima que produce a otras especies como litres, boldos, cactus etc. Su condición de leguminosa, mejora la fertilidad del suelo, al fijar el nitrógeno desde el ambiente radicular, debido a la seducción de los rizobios, cuando logran establecerse en los nódulos subterráneos. Don Espino ha alcanzado la protección de las leyes medio ambientales y seguirá albergando leyendas de chercanes, gallinas y serpientes.

 

 

 

 

 

 

 


 
 
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