Viernes, 7 de Octubre de 2022  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… Los caminos del “futre”

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

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Hacía ya un tiempo que el viento blanco no cerraba la cordillera y atrapaba decenas de camiones y vehículos particulares en las altas cumbres. Se oscurecía la localidad de Las Cuevas y las luces de los vehículos se interrumpían, evitando así los contratiempos de batería. El frío empezaba a convertirse en un problema y la comunicación ya no era expedita. Extrañamente los reflejos inesperados de una intermitente luna, dejaban ver de vez en cuando un sombrero de paño que, siguiendo la línea del tren, no paraba de rodar, cómo recordando locomotoras que subían y bajaban sin descanso el siglo pasado.

Antiguos arrieros indican que, en la bajada desde Las Cuevas a Uspallata, no había que preocuparse del Yeti, en las nevadas jornadas, sino que hay que llevar el corazón bien puesto, ante el golpeteo del casco de la cabalgadura del “futre”. Una sombra de inquietudes va abrazando la leyenda en esa idílica bajada, que azufra los huesos en Puente del Inca, implora la subida en Penitentes, mugen los corrales en Vacas, nublan la vista en Polvaredas y descansan las mulas en Uspallata.

Innumerables contactos con gendarmería argentina, se han tenido a lo largo de la vida, en el trabajo de frontera. Ellos cumplen una vital función en el resguardo de la soberanía, al ser un servicio equivalente a lo que es carabineros en nuestro país. Inolvidable la amistad con el comandante Claudio González y su don de gente en el trato de la tropa. También imborrable una escena de una larga noche de conversación cuando con Morales, suboficial mayor, cruzan nerviosas miradas al recordar una bajada, en la localidad de Puquios, al vivir el rugir del viento con el sonido de un galope y la imagen difusa de su jinete.

Se iba el siglo XIX y llegaba el XX. Cientos de operarios chilenos conocían muy bien el paso cordillerano, al cruzarlo con regularidad y trabajar en la instalación de la línea del sector transandino. Cuenta la leyenda que un señor inglés de apellido Foster, se encargaba de realizar los pagos a las diferentes cuadrillas que golpe a golpe ubicaban sin descanso los durmientes y líneas del ferrocarril. Todo un caballero de elegante postura y estilizado caballo, con muy buena rienda recorría la vera del camino, sin perder el trazado y avance de la línea, como tampoco su sombrero de paño negro.

Palmita, el gran arriero de Uspallata, poseedor de las mejores mulas cordilleranas de colores grises, bayas y retintas, de alzada sin igual. Un gaucho de gorra gacha y mirada potente, se apodera de las historias del gran Aconcagua y sectores del pie de monte. Poseedor de la mirada nocturna de los despeñaderos en Punta de Vacas, no trepida en el monte, al conducir sus arreos de mulares y burdéganos. No ha sido necesario nombrar el caminar del “futre”, para que con algo de carraspera cuente que, en sesenta años, al menos tres veces le han encerrado sus piaras, en los corrales de piedra en noches de tormenta, con cerrojo y todo.

Los escritos de la época no son determinantes, respecto a la trágica muerte de míster Foster, lo que sí está claro, que terminó sus días decapitado. Sus largos recorridos con alforjas llenas de patacones, podrían haber finalizado en un asalto premeditado, en alguna regada timba o por deudas no reconocidas. Puede que a su entierro no hayan asistido muchos dolientes, de hecho, su familia, se debe haber enterado tardíamente. Mas su imagen sin cabeza, no ha dejado jamás de cabalgar en las cercanías de la línea férrea y unos escalofríos atraviesan el cuerpo, en rondas nocturnas de mate cordillerano.

Herederos de Rudy Parra, los sherpas del Aconcagua han respirado desde su nacimiento las noches de Penitentes y alrededores. Lamparones con aceite iluminaban esas mesas de leyenda, muchas veces acompañados de gringos perdidos en ese gran firmamento. Bodegas repletas de fardos de avena, trigo y alfalfa inundan de olores de campo y abrigan el estómago de sus recuas. El roznido de las mulas es el telón de fondo de las historias de caminantes de piedras, cerros con perfil de indio y el infaltable jinete descabezado, re contra jurando que muchas veces se ha acercado a alimentar al corral su estilizado caballo.

 Las noches de Uspallata no habrían sido lo mismo, sin los mates del suboficial Mariano Montivero, quien hacía de alero del comandante. La historia del “futre” podía atraparlos, pues ellos como funcionarios, venían destinados de lejanos lugares y estaban ávidos de vivir las experiencias. Según otro suboficial Arnaldo Morales, más conocido como el “facha”, utilizando su instinto investigador en la muerte de Foster, se inclina por la teoría de entreveros producidos por la timba, aduciendo la adicción casi enfermiza de los jornaleros chilenos por las manos de brisca y monte.

La verdad aún tengo dudas de esa cómplice mirada del comandante con el facha en su bajada en Puquios, mas el semblante aterrorizado de la cabo Mirelles en la guardia, al escuchar la historia, de labios de sus superiores en el Escuadrón número 7, esa sí que será inolvidable.

Esta leyenda cuyana se vive hace ya más de 100 años en los trazos y recuerdos de los rieles y ha pasado al camino de los arrieros y a las miradas gauchas del andinismo. Seres sobrenaturales que aparecen, según el comandante González, en las charlas de los reos, pues dicho jinete se enyunta con las personas que tienen deudas con la justicia. Cuando cruces la cordillera y bajes hacia Cuyo, agrégale al bife, un poco de misterio, ocurrido en los pagos extintos del ferrocarril transandino.

 


 
 
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