El domingo, el Maipo volvió a recordar que es un río de montaña y no una atracción de parque temático. Tres mujeres de una misma familia murieron tras el volcamiento de una balsa en San Alfonso, en una salida particular que, según los antecedentes preliminares, llevaba trece personas donde la ordenanza municipal permite seis. La embarcación no pertenecía a ninguna empresa del sector y habría ingresado al río por un punto no habilitado. La investigación determinará responsabilidades. Pero la tragedia obliga a responder una pregunta que el país arrastra hace años: cuántas personas bajan nuestros ríos y en qué condiciones lo hacen.
La respuesta incómoda es que Chile no lo sabe con precisión. No existe una estadística oficial que consolide cuántas personas practican rafting cada temporada. Lo que hay son señales indirectas, todas en la misma dirección. El turismo receptivo superó los seis millones de llegadas en 2025, el país acumula siete reconocimientos internacionales como mejor destino de turismo aventura y los operadores del Cajón del Maipo, por sí solos, declaran recibir miles de clientes al año. Todo apunta a un crecimiento sostenido. Sin embargo, un sector que no mide su volumen tampoco puede medir su accidentalidad, y sin una tasa de accidentes no hay gestión del riesgo posible, solo titulares cada verano.
¿Por qué atrae tanto a personas que no se consideran deportistas? Porque el rafting es quizás la puerta de entrada más baja al deporte de aventura. No exige experiencia previa, técnica individual depurada ni una condición física sobresaliente. Basta una charla de seguridad, un casco y un chaleco. Cuesta lo mismo que una salida a comer y, en el caso del Maipo, queda a una hora de la capital. Ofrece una experiencia de altísima intensidad emocional con una exigencia técnica mínima, una combinación que casi ningún otro deporte puede ofrecer.
La psicología lleva décadas estudiando ese magnetismo. Marvin Zuckerman describió la búsqueda de sensaciones como un rasgo que lleva a ciertas personas a perseguir experiencias nuevas, intensas y variadas, aun a costa de asumir riesgos. El rafting comercial, en cambio, seduce a un público más amplio: quienes quieren sentir el peligro sin asumirlo realmente. El cuerpo no distingue entre ambas cosas. Frente al rápido se activa la respuesta de estrés, la atención se estrecha hasta el presente inmediato y, al salir del agua, llega una descarga de euforia que se vive en grupo. A esto se suma un componente que explica su éxito en familias y empresas: la balsa solo avanza si todos reman coordinados. Es, en esencia, un deporte colectivo que convierte a desconocidos en equipo durante una hora.
Para el visitante extranjero, Chile ofrece algo difícil de replicar: ríos de deshielo encajonados entre montañas, a pocos kilómetros de grandes ciudades en la zona central y en escenarios de clase mundial en el sur, desde Pucón hasta el Futaleufú, considerado entre los grandes ríos de aguas blancas del planeta. La geografía es una ventaja comparativa evidente. La pregunta es si la institucionalidad está a la altura de ese paisaje.
Aquí la evidencia internacional entrega una lección precisa. El estudio de American Whitewater sobre ríos administrados en Estados Unidos estimó una tasa de 0,45 muertes por cada cien mil días de uso en descensos comerciales, frente a 2,25 en descensos particulares. Es decir, cinco veces más. El río es el mismo; lo que cambia es la gestión. Una operación profesional, con guías formados, capacidad de carga respetada, kayak de seguridad y protocolo de rescate, convierte una actividad potencialmente letal en una de riesgo bajo. El mismo cauce, recorrido con una balsa sobrecargada y sin esos resguardos, es otra actividad.
Chile ha comenzado a moverse. Las normas técnicas de rafting, vigentes desde 2006, están en actualización, y el Congreso tramita un cambio para exigir la verificación de estándares de seguridad antes de que un operador funcione, impulsado tras la muerte de un joven en un salto bungee en el mismo Cajón del Maipo en 2024. Ese avance llega tarde, pero va en la dirección correcta. El caso del domingo revela, sin embargo, un vacío que ninguna norma para empresas cubre: el descenso particular, organizado por cuenta propia, sin intermediario ni fiscalización previa.
El atractivo del rafting descansa sobre una paradoja. Se vende como experiencia extrema, pero su seguridad depende de que nada sea improvisado. Chile tiene los ríos, la demanda y el prestigio internacional, pero aún no cuenta con un registro sistemático de participación y accidentes, con estándares actualizados que se verifiquen en terreno ni con guías formados en competencias específicas y no en cursos de ocasión. Mientras la aventura se promueva como producto de exportación y la seguridad se trate como un trámite, cada temporada seguirá dependiendo de la suerte. Y el río no distingue entre lo planificado y lo improvisado.
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