Existe una imagen instalada en el sentido común, la salud sexual como un asunto de juventud. Prevención en la adolescencia, anticoncepción y fertilidad en la adultez, y después, silencio. A partir de cierta edad, el tema simplemente deja de mencionarse en las consultas médicas, en las campañas de salud pública y en las conversaciones cotidianas, como si el cuerpo, al envejecer, perdiera también esa dimensión.
El 4 de septiembre se conmemoró el Día Mundial de la Salud Sexual, con el lema "Every Body" propuesto por la World Association for Sexual Health. La consigna resulta particularmente oportuna para un país que envejece como Chile, porque insiste en algo que solemos olvidar, la sexualidad acompaña a las personas durante todo el curso de vida, no solo durante la etapa reproductiva. La menopausia, el envejecimiento, las enfermedades y sus tratamientos transforman el cuerpo, pero transformar no es lo mismo que dejar de tener necesidades.
Ese olvido también se refleja en la infraestructura sanitaria. Muchos servicios siguen llamándose "maternidades" o unidades de "ginecología y obstetricia", nombres que arrastran una historia legítima, pero que continúan poniendo la reproducción en el centro y dejando fuera todo lo que ocurre antes y después de ella.
Pensar la salud sexual desde un enfoque de curso de vida obliga a revisar también cómo nombramos y organizamos esos espacios, de modo que acompañen la adolescencia, la fertilidad, el climaterio y el envejecimiento sin asumir que la atención termina junto con la capacidad reproductiva.
Los cuerpos cambian, y sus necesidades cambian con ellos. Reconocerlo, más que una consigna para un día en el calendario, es una tarea pendiente para nuestro sistema de salud.
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