Lo ocurrido en el Valle del Aconcagua no puede reducirse a un "grupo de Telegram", a una filtración de imágenes íntimas o a un nuevo escándalo en redes sociales. Tiene un nombre mucho más preciso: violencia de género. Pero, sobre todo, nos obliga a formular una pregunta que va más allá del hecho mismo: ¿por qué, si hoy existe mayor conciencia sobre la violencia digital, estas prácticas continúan ocurriendo?
Durante las últimas décadas el movimiento feminista ha logrado algo fundamental: nombrar violencias que antes permanecían invisibles. Hoy hablamos de violencia digital, de consentimiento, de violencia simbólica y de violencia sexual. Existen mayores herramientas para denunciar, las instituciones comienzan a reconocer estas vulneraciones y el debate público ha avanzado de manera significativa.
Sin embargo, los cambios culturales nunca avanzan al mismo ritmo que los cambios jurídicos. Podemos modificar las leyes mucho antes de transformar las formas en que una sociedad entiende el poder, el deseo y las relaciones entre hombres y mujeres.
Por eso el problema nunca ha sido la existencia de fotografías íntimas. Tampoco que una mujer decida ejercer libremente su sexualidad o compartir una imagen en un contexto de confianza. El problema comienza cuando esa confianza es traicionada y la intimidad deja de pertenecer a quien la compartió para transformarse en un objeto de circulación, intercambio y consumo.
El consentimiento no es un acto permanente ni ilimitado. Consentir el envío de una fotografía a una persona determinada no implica autorizar su almacenamiento, difusión, comercialización o exhibición pública. Tampoco significa renunciar al control sobre el propio cuerpo porque una fotografía haya sido publicada en redes sociales. Lo público nunca elimina el consentimiento, ni convierte la intimidad en un bien disponible para cualquiera.
Pero quizás la pregunta más incómoda no es por qué alguien difunde una imagen, sino qué obtiene al hacerlo.
La respuesta no parece estar únicamente en el deseo de observar cuerpos femeninos. Estos espacios también funcionan como lugares donde algunos hombres construyen reconocimiento entre pares. Compartir la intimidad de una mujer puede transformarse en una forma de demostrar pertenencia, obtener validación o reafirmar una determinada idea de masculinidad. La violencia deja de ser únicamente un acto contra una mujer para convertirse también en un mecanismo mediante el cual ciertos hombres buscan reconocimiento frente a otros hombres.
En ese sentido, estos grupos no sobreviven solo porque alguien filtra una fotografía. Sobreviven porque existe una comunidad que las solicita, las comparte, las comenta, las compra o simplemente guarda silencio. La violencia digital no depende únicamente de quien presiona el botón de "enviar"; depende también de quienes legitiman ese circuito convirtiendo la vulneración de una mujer en entretenimiento o en una forma de complicidad masculina.
Internet no inventó esta violencia. Lo que hizo fue ampliar su alcance y velocidad. Antes eran rumores, fotografías impresas o comentarios privados. Hoy existen plataformas capaces de multiplicar el daño en cuestión de segundos. La tecnología cambió; la lógica sigue siendo la misma: convertir el cuerpo de las mujeres en un espacio sobre el cual otros creen tener derecho de acceso, opinión y circulación.
Por eso esta discusión nunca ha sido sobre fotografías. Es sobre poder. Es sobre quién cree tener derecho a decidir dónde termina la intimidad de una mujer y comienza el consumo colectivo de su cuerpo.
La violencia digital no termina cuando una imagen desaparece de una plataforma. Permanece en el miedo, la vergüenza, el daño psicológico y la pérdida de autonomía que experimentan las víctimas. Pero también permanece mientras existan masculinidades que encuentren prestigio en la vulneración de las mujeres y comunidades que continúen validando esas prácticas como si fueran una forma aceptable de diversión.
Nombrar esta violencia sigue siendo necesario, pero ya no es suficiente. El desafío es transformar la cultura que la sostiene. Porque mientras algunos hombres continúen construyendo reconocimiento a partir de la intimidad de las mujeres, ninguna ley será capaz de erradicar completamente estas violencias.
El problema nunca fueron las fotografías. El problema es una forma de ejercer la masculinidad que todavía encuentra en el cuerpo de las mujeres un espacio para demostrar poder frente a otros hombres. Y mientras esa lógica siga intacta, no estaremos frente a casos aislados, sino frente a la expresión persistente de una cultura que aún no termina de reconocer que el consentimiento, la autonomía y la dignidad de las mujeres no son negociables.
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