Lunes, 15 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Trabajo infantil: más allá de las cifras

Por Javiera García, académica de la escuela de Psicología, Universidad Andrés Bello

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Cada Día Internacional contra el Trabajo Infantil nos recuerda un desafío que, pese a los avances registrados en distintas partes del mundo, sigue formando parte de la realidad de millones de niños, niñas y adolescentes. Más allá de las estadísticas, esta fecha invita a preguntarnos cómo comprendemos el trabajo infantil y qué condiciones sociales, económicas y familiares hacen que muchos menores de edad continúen trabajando.

Según el último informe de la UNICEF y la OIT, el número de NNA en situación de trabajo infantil se redujo en 22 millones entre 2020 y 2024, revirtiendo el retroceso observado durante la pandemia. América Latina y el Caribe también muestran avances significativos. En la región, la prevalencia del trabajo infantil cayó un 11% en los últimos años y se proyecta que este desaparezca para el año 2060.

Aunque las cifras de trabajo infantil han disminuido, cerca de 138 millones de NNA en el mundo continúan en esta situación. Más aún, dos de cada cinco de ellos (54 millones) realizan trabajos que ponen en riesgo su salud y seguridad.

En Chile, se estima que cerca del 16% de los NNA realizan trabajo infantil. De ellos, un 5,4% participa en actividades económicas como la pesca, la agricultura o la industria, mientras que un 11,2% realiza trabajo doméstico no remunerado.

En este contexto, la última encuesta del Ministerio del Trabajo ofrece una mirada complementaria a las estadísticas mencionadas. En lugar de limitarse a cuantificar el fenómeno, les preguntó directamente a los NNA por qué trabajan.

La sencillez de la pregunta contrasta con la complejidad de las respuestas. Una proporción importante de los NNA señala que trabaja para ayudar a sus familias o colaborar en las tareas del hogar. Junto a esta motivación aparece otra que interpela nuestras concepciones más convencionales sobre el trabajo infantil: muchos afirman que les gusta o les entretiene hacerlo.

Por una parte, que un 48,6% de los NNA señale que realiza trabajo doméstico para ayudar a su familia y que un 26% indique que trabaja para contribuir a los gastos familiares nos obliga a reflexionar sobre cómo se organiza socialmente el cuidado y sobre las formas en que el Estado acompaña – o deja de acompañar – a las familias en su cotidiano.

Por otra parte, resulta difícil ignorar que muchos NNA afirman que les gusta trabajar. Profundizar en esta afirmación requeriría más espacio del que me permite esta columna. Empero, si prestamos atención a lo que estas respuestas expresan, surge un asunto tan obvio como relevante: para algunos NNA, el trabajo no se vive necesariamente como una obligación, sino como una actividad satisfactoria.

Reconocer esta experiencia no implica relativizar los riesgos asociados al trabajo infantil, debilitar los esfuerzos por erradicar sus formas peligrosas ni desconocer nuestra responsabilidad de proteger los derechos de los NNA. Más bien, nos invita a formular preguntas diferentes, a saber: ¿Cómo construir condiciones sociales que permitan que estas experiencias sean realmente opcionales y no la consecuencia de déficits económicos o de cuidado? ¿Cómo promover espacios en los que los NNA puedan ser escuchados y desarrollen esos intereses, sin comprometer su educación, salud o tiempo de descanso, es decir, sus derechos fundamentales?


 
 
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