Jueves, 11 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

La paradoja feminista: el caso de Camila Flores

Por Macarena Porras y Nelly Azocar

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La filtración de fotografías íntimas de la senadora Camila Flores abrió un debate que trasciende ampliamente a la figura de la parlamentaria. Como suele ocurrir en estos casos, las primeras interpretaciones se concentraron en la contingencia: si existió una vulneración de privacidad, si hubo un acto de despecho, si las imágenes fueron difundidas por una expareja o por terceros. Sin embargo, detenerse únicamente en esas explicaciones implica perder de vista un problema mucho más profundo.

La pregunta relevante no es solamente quién filtró las imágenes. La pregunta es por qué la intimidad de una mujer continúa siendo una herramienta eficaz para dañarla públicamente.

La antropóloga argentina Rita Segato ha sostenido que las violencias ejercidas contra las mujeres no pueden comprenderse únicamente como conflictos entre individuos. Son también actos comunicativos, mensajes dirigidos a una comunidad. A través de ellos se establece quién tiene poder, quién puede ejercer control y quién puede ser reducido a la condición de objeto.

Desde esta perspectiva, la difusión no consentida de imágenes íntimas no constituye únicamente una vulneración de la privacidad. Constituye una forma de apropiación del cuerpo femenino. La intimidad deja de pertenecer a quien la habita y pasa a convertirse en un bien disponible para el escrutinio público, el castigo moral y la circulación social.

Es precisamente aquí donde el caso de Camila Flores adquiere una dimensión particularmente interesante.

La senadora ha sido una de las voces más críticas de diversas agendas impulsadas por el movimiento feminista. Ha cuestionado propuestas relacionadas con la igualdad de género, se ha opuesto a iniciativas de paridad y ha mantenido una distancia explícita respecto de muchas de las categorías políticas y teóricas desarrolladas por el feminismo contemporáneo.

Sin embargo, la violencia que hoy denuncia encuentra su explicación más profunda precisamente en aquellas categorías.

Porque si la filtración efectivamente tuvo origen en una expareja o en un conflicto afectivo, ello no invalida la lectura feminista del fenómeno. Más bien la confirma. El despecho, la rabia o el conflicto pueden explicar la motivación inmediata de una acción, pero no explican por qué esa acción adquiere capacidad de daño. Lo que permite que la difusión de imágenes íntimas funcione como mecanismo de castigo es una estructura cultural mucho más profunda: la creencia de que el cuerpo de las mujeres constituye un espacio sobre el cual otros pueden ejercer posesión, control o soberanía.

En otras palabras, la violencia no radica únicamente en la difusión de las imágenes. Radica en la idea de que la intimidad femenina puede transformarse en un instrumento legítimo de disciplinamiento.

Rita Segato denomina a este fenómeno una disputa sobre los cuerpos. Los cuerpos de las mujeres dejan de ser comprendidos como territorios autónomos y pasan a ser espacios sobre los cuales distintos actores buscan ejercer dominio. En ese contexto, la exposición pública opera como una demostración de poder.

La política ofrece numerosos ejemplos de ello.

Resulta difícil imaginar que la difusión de imágenes íntimas de un político hombre genere el mismo tipo de cuestionamientos respecto de su legitimidad pública, su trayectoria o su capacidad de liderazgo. La vida política de los hombres rara vez es evaluada a partir de su sexualidad o de la exposición de sus cuerpos.

Con las mujeres ocurre algo distinto.

Las mujeres que participan en política son constantemente sometidas a un escrutinio que excede sus ideas, proyectos o votaciones. Se examina su apariencia física, su vida familiar, sus relaciones afectivas y su sexualidad. El cuerpo femenino continúa siendo considerado información políticamente relevante.

Por eso el caso de Camila Flores no habla únicamente de Camila Flores. Habla de una cultura que sigue atribuyendo al cuerpo de las mujeres un valor político que no asigna al cuerpo de los hombres. Habla de una sociedad donde la intimidad femenina continúa siendo utilizada como arma de desacreditación pública. Habla de una forma de violencia que atraviesa las diferencias ideológicas y que afecta a mujeres de izquierda, de centro y de derecha.

La paradoja es evidente. Una de las críticas más persistentes del feminismo chileno termina enfrentando una violencia cuya comprensión más profunda sólo puede encontrarse en las herramientas analíticas desarrolladas por el feminismo.

No porque el feminismo sea patrimonio de un sector político determinado. Tampoco porque todas las mujeres deban identificarse como feministas. Sino porque ha sido el feminismo quien, durante décadas, ha insistido en una pregunta que sigue vigente: ¿por qué el cuerpo de las mujeres continúa siendo un territorio de disputa pública?

Mientras esa pregunta siga encontrando ejemplos cotidianos, el feminismo seguirá ofreciendo una de las explicaciones más sólidas para comprender la violencia que persiste sobre los cuerpos de las mujeres, incluso sobre los cuerpos de aquellas que han decidido combatirlo.


 
 
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