Cada 4 de junio se conmemora el Día Mundial de la Fertilidad y, casi sin excepción, la conversación gira en torno a las mujeres. Son ellas quienes van a los controles, quienes enfrentan los exámenes, quienes cargan con la incertidumbre. La fertilidad sigue siendo entendida, culturalmente, como un asunto femenino. Y esa idea instalada tan profundamente es, precisamente, el problema.
Los datos cuentan otra historia. Según la Organización Mundial de la Salud, los factores masculinos están presentes en aproximadamente la mitad de los casos de infertilidad a nivel mundial. La mitad. Sin embargo, el hombre rara vez es el primero en consultar o en asumir que la dificultad reproductiva también podría involucrarlo.
Chile no es la excepción. El país desarrolló durante décadas una estructura sólida para acompañar la salud reproductiva femenina, con controles periódicos, programas preventivos y seguimiento a lo largo de la vida. Ese avance ha sido fundamental. Pero no existe un equivalente para los hombres. La salud reproductiva masculina carece de un espacio institucional claro, de programas preventivos robustos y de una cultura de autocuidado instalada desde la adolescencia.
La infertilidad también tiene consecuencias emocionales profundas para los hombres, aunque las masculinidades tradicionales dificultan expresar vulnerabilidad o reconocer el impacto que experimentan.
Construir una cultura de salud reproductiva masculina desde etapas tempranas no es solo una estrategia sanitaria. Es también una forma de avanzar en corresponsabilidad. La pregunta que este 4 de junio deberíamos hacernos no es únicamente cómo mejorar los tratamientos de fertilidad, sino cuándo comenzaremos a entender que el cuidado reproductivo también es responsabilidad de los hombres.
|