Martes, 2 de Junio de 2026  
 
 

 
 
 
Opinión

Experiencias de adolescencia y juventud en situación de calle: la crisis que casi no vemos

Por Ignacio Eissmann, académico de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNAB y Felipe Estay, director ejecutivo de la Corporación Moviliza.

 

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Actualmente en Chile estamos hablando de seguridad, salud mental y violencia en las escuelas, entre otros problemas, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos qué está pasando con aquellos adolescentes y jóvenes que están quedando absolutamente fuera del sistema social. O más urgente aún: ¿realmente sabemos cuál es su situación? Justamente en ese grupo y en esa incógnita se encuentran los adolescentes y jóvenes que viven experiencias de situación de calle.

La respuesta a estas preguntas es que no sabemos mucho, o al menos, no lo sabemos con precisión. No sabemos cuántos son hoy. No sabemos cómo sobreviven. No sabemos con claridad —o no hemos querido observar, pudiendo hacerlo— cuántos han pasado por el Sistema de Protección Especializada, o cuántas veces entran y salen de él, o por qué otros programas de salud mental transitan, o qué trayectorias marcadas por la violencia y la exclusión han recorrido. Y, quizás lo más preocupante, tampoco sabemos suficientemente qué políticas están funcionando para acompañarlos y reparar sus trayectorias de vida. Chile solo ha desarrollado un conteo oficial de niños en situación de calle en 2018, que no ha sido actualizado, ni se han desarrollado otras mediciones robustas y específicas sobre niñez, adolescencia y juventud en situación de calle. Cuando una realidad no se mide ni se da a conocer, fácilmente deja de formar parte de las prioridades públicas: se vuelve invisible, queda fuera de las estadísticas, del debate político y, muchas veces, de la conversación social. Esto ocurre a pesar de contar con una Ley de Garantías de la Niñez y de Protección Especializada.

Quienes trabajan directamente en esta temática llevan mucho tiempo advirtiéndolo: los adolescentes y jóvenes en situación de calle no son iguales a otras poblaciones infanto-juveniles en situaciones de alta vulnerabilidad. Son una población con características y necesidades profundamente específicas, que requieren respuestas a la altura: protección, cuidado, reparación e intervenciones especializadas. La experiencia latinoamericana muestra que las trayectorias de calle en jóvenes suelen estar marcadas por historias de violencia intrafamiliar, abandono, institucionalización, exclusión educativa, problemas de salud mental, consumo problemático y quiebres tempranos de redes afectivas. La calle, muchas veces, no aparece como un punto de partida, sino como el resultado de múltiples fallas del sistema. La evidencia regional también muestra que, en las últimas décadas, los niños y adolescentes ya no se observan tanto en las calles, pero no porque el problema se haya resuelto, sino porque se han replegado a la periferia o han sido institucionalizados en distintos tipos de centros. A lo más, el problema se ha aplazado hasta los 18 años.

A pesar de este escenario, es importante reconocer que en Chile contamos con experiencias valiosas y con un programa -Red Calle Niños- que ha buscado dar respuestas efectivas y a la altura de lo que se requiere, con buenos equipos de trabajo. Sin embargo, ha faltado mayor inversión, ampliación de cobertura, fortalecimiento técnico y reconocimiento público. En muchos casos, los equipos trabajan bajo alta presión y con recursos limitados, intentando responder a problemáticas extremadamente complejas. Mientras tanto, esta realidad permanece relativamente ausente de la agenda pública nacional. Se necesita mayor desarrollo institucional para que esta respuesta deje de ser un buen programa aislado y se constituya en una política adecuada y sostenida.

El riesgo de no actuar es evidente: la invisibilidad se transformará en indiferencia. Esta no es solamente una realidad chilena. En distintas ciudades de América Latina, organizaciones sociales, universidades y organismos internacionales están alertando sobre lo mismo. Necesitamos avanzar, volver a mirar esta realidad, producir mejor información, desarrollar investigación especializada y abrir una discusión seria sobre cómo estamos acompañando a adolescentes y jóvenes que viven procesos extremos de vulneración social.

 


 
 
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