Ya han pasado sesenta años de la experiencia de la Reforma Agraria en nuestro país y, hace algún tiempo, adentrándome en las tierras de Santa Cruz, región de O “Higgins, conocí a Fernando Gómez, quien conducía una carreta de paseo en la viña Montes con dos imponentes perches de nombres Pegaso y Clavelina. La nostalgia de la hacienda antigua brotaba con mucha facilidad y recuerdo que en su viaje imaginario por los cerros no podía faltar ese tucúquere, entreverado con un sinnúmero de avifauna en las quebradas y lomas del valle de Apalta.
Puede que sean leyendas campesinas, pero si lo pensamos bien, el hecho que los tucúqueres vean cosas o hechos que nosotros no vemos, tiene toda lógica, pues son ellos los que tras cientos de generaciones han sido testigos de la noche, especialmente de esas sombras que sin tener formas precisas recorren galpones, corrales y quebradas. El acierto fotográfico de @rojas88, en el Cajón del Maipo captando el búho sobre el techo es notable, pues lo común es su imagen entre las ramas de un gran árbol.
” Y cuando el tuco cantó, el cerro quedó en silencio”. Así reza la segunda parte de esos dichos de campo, qué al menos dan para pensar.
Es el búho más grande de Chile fue clasificado ya en 1788 por el naturalista alemán Johann Gmelin como Bubo magellanicus. Gmelin recorrió nuestro país o recibió los antecedentes de naturalistas, monjes o científicos estudiosos de la naturaleza. Se clasifica como un ave nocturna extrema por la calidad de esos ojos amarillos que, siendo capaces de dejarlos inmóviles, pueden captar luces débiles, desafiando los mínimos movimientos de sus presas.
Cuando vives en el campo y escuchas avanzada la noche su profundo canto “tu-cu-que-re”, puedes estar tranquilo, está vigilando los roedores o haciendo la contra de algún espectro errante.
Al recorrer los cerros andinos puedes encontrarte con su presencia. No se intimida y enfrenta con su mirada. Una cabeza muy característica, donde destacan unas especies de orejas que las puede mover a su amaño, la verdad son unos penachos de plumas auriculares, que no cumplen una función auditiva. Estas formas, tan particulares, van por el lado del camuflaje, comunicación y expresión. La capacidad de girar su cabeza, hasta casi 300 grados, sus patas emplumadas calzadas o calchonas, un silencio sepulcral, y la serena mirada, lo convierten en ese ser mítico que las leyendas delatan.
Fernando Gómez, en el valle de Apalta, relata que testigos eternos de la historia del lugar han sido los grandes robles que cubren desde la media falda a la cima del monte. Hacen eco en las quebradas los aullidos del zorro, el sigilo del tucúquere, los cantos de las turcas, carpinteros, torcazas, churrines y el silencio del viento a mediodía. Mira a lontananza, y habla del fundo La Finca de la familia Mujica, en el valle de Colchagua, Santa Cruz, describiendo una tierra ganadera con una importante lechería ahora transformada en viña. La emoción lo embarga, pero luego vuelve al presente, a sus percherones y el ramerío de la poda.
El lugar de la viña Montes presenta lomajes suaves, bodega en la colina, emporio de souvenirs y un gran restaurant “Los Fuegos de Apalta”, del reconocido chef argentino Francis Mallman, situado en medio de las espalderas de vides que suben los piedemontes. Su ubicación en el ex predio La Finca, no es casualidad: el paisaje, las roblerías, los colores de otoño y especialmente la avifauna han incentivado esa línea poética y reflexiva del chef, del cual no es ajeno ese canto onomatopéyico de las noches de Santa Cruz … “tu- cu -que-re”
La noche cae en el campo, sea en Santa Cruz, Cajón del Maipo o Los Andes, da lo mismo, pues un vértigo en el estómago se siente igual. Es como la cara oscura de la luna, tan comentada últimamente, silente, misteriosa, indescifrable.
“Dicen que los tucus ven, lo que nosotros no…y cuando el tuco cantó, el cerro quedó en silencio”
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