Viernes, 10 de Abril de 2026  
 
 

 
 
 
Cultura y ciencias

Costumbrismo Rural… El eco de un vagón que ya no está

Crónicas de pueblo por Sergio Díaz Ramírez, Instagram @amanecerdelgallinero

 

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Algo sucede en la rotonda Tocornal de San Esteban, diferentes negocios han pasado en los últimos treinta años, miles de automovilistas con destino a San Felipe o Los Andes, diferentes intervenciones urbanas, mas el poste del alumbrado que se encuentra ubicado en el centro de la vuelta, sigue ahí, lo que genera esa sensación de paisaje detenido en el tiempo independiente de las inversiones realizadas. Varios meses de trabajos desde la temporada pasada y cuando creíamos que algo diferenciador se produciría, hasta el momento parece lo mismo, pero sí podemos recordar en los años noventa y principios de los dos mil, el famoso “Carro del ferrocarril”.

Luis Andrade Vargas, vecino del sector Tocornal, hijo de la recordada agricultora Gabriela Vargas, dueña de las tierras circundantes y la gran casona roja colonial a un costado del Silo, inauguraba un local muy particular, un carro de tren, adaptado como minimarket, justo en la vuelta de la rotonda. Conocí a Luis, pero particularmente a dos de sus hermanos, Patricio y Pepe, de manera que no me extraña la propuesta del carro, pues eran muy emprendedores, ingeniosos y gozadores de la vida. Mineros, empresarios, fundadores de la disco El Silo, sólo por nombrar algunas de sus actividades, aunque también incursionaban en la fruticultura.

La historia cuenta que la hacienda de sus antepasados vinculados a la familia Vargas, limitaba al poniente con El Tambo, en San Felipe, considerándose un extenso predio, ni hablar de su hato lechero y criadero de caballos chilenos en lo que actualmente es El Silo. A Luis lo podías encontrar tranquilamente detrás de una caja pagadora de” El Carro”, rodeado de mercaderías y de uno que otro empleado, con la cordialidad de ese almacenero de tiempos pasados. Su parcela de Putaendo, si bien estaba en sus pensamientos, el vagón era lo más importante, una etapa de la vida sin prisa, casi que veo el cuaderno de anotaciones de los fiados, que han quedado en sus vecinos más cercanos.

Recuerdo que cuando trabajaba en Los Andes, nos gustaba ir temprano a la panificadora Centenario, donde llegaban los clientes y por poco dinero, podías comprar de todo, incluyendo unas maravillosas marraquetas recién salidas del horno.  Para mí el carro, era muy similar, buen pan amasado, paltas maduras, cecinas Bianchini, quesos laminados en el momento, huevos por unidades y una cálida atención. La ambientación obviamente recordaba los coches comedores del tren, en estrechos lugares estaban todos los productos que podías necesitar, incluyendo los del relajo, como cigarrillos y whisky … El carro, una mirada al pasado, evocación del mítico cruce circular.

Pasaba el tiempo y Luis volvía a las raíces, una nogalada en Putaendo lo llamaba, como si sus genes lo obligaran a recobrar la actividad. El carro no se movía, sólo cambiaba el maquinista, su hermano Pepe Andrade, agarraba el silbato del tren y con otro carácter, seguía esa línea férrea imaginaria. La impronta era diferente, más bulliciosa, controlando con su presencia todo el ambiente, como una caldera ardiente, alcanzando mayores revoluciones. Mas seguía el pan amasado, las miradas detrás del mostrador y una conversación más animada con la clientela, pero quizás menos galana que la de Luis. Se extraña además esa presencia nocturna del almacén, hasta altas horas, cuando los requerimientos olvidados se hacían imprescindibles.

Si bien el vagón se ha ido, hace ya algunos años, debemos decir que también ha quedado detenido en la memoria de los sanestebinos. Finalmente, Luis, trasladó el carro a Putaendo, desconozco su utilidad actual, pero sin duda para él, debe ser muy importante, una idea, un reciclaje de la historia andina, unas huellas de almacenero y el contacto diario con esos vecinos que lo vieron crecer, desde su niñez en la casona roja.

Es cierto que el tiempo se ha llevado la “Encomienda de los Jara del Villar”, hacienda de sus antepasados, cuando los carruajes circulaban entre San Miguel hasta el Tambo y construían su casona conocida como El Silo, mas hoy recordamos parte de esa estructura hereditaria, a través de Luis y “el eco de un vagón”, que sigue en el inconsciente colectivo de una comunidad que se resiste a olvidar.

Los hijos de Gabriela, dejando historias… con un silo y un vagón.

 

 

 

 

 

 


 
 
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